CABRONES EN LATA

Cabrones epilépticos

Se mueve todo lo despacio que el juego libidinoso de embrague y freno le permite, esperando que el foco se ponga en ámbar y, entonces, acelera enloquecido para cruzar al borde de la línea de penalti. Los demás, se quedan detrás, parándose a la viva fuerza, al borde de la colisión.

Cabrones envolventes

Te adelanta ”in extremis” por la izquierda, afilándose el bigote con tus orejas, frena delante de tus gafas de sol, para que lamas el parabrisas por dentro, y luego, de repente, enfila la desviación a la derecha, frenando y haciéndote  frenar,  a ti y a todos lo que intentan desviarse también.

Cabrones bisexuales    

Te persigue con la érotica de la chapa en la mano. Se achucha por detrás, muy de cerca, ansioso, te pones a la derecha, le das un pase de pecho y que salga, pero él, encandilado, se pone a la derecha también, pegado a tus nalgas como unas bragas. Aceleras un poco, por ver lo que hace, y hace lo que tiene que hacer: acelera también. Vuelves a la izquierda para esconderte entre el grupo, pero te encuentra y vuelve a cargar por detrás. Y entonces imaginas qué pasaría si frenases de repente. Y piensas en el parachoques, el taller, el seguro, la policía… le dejas que te siga dando por detrás hasta que se canse. De los males, el menor.

Cabrones vedettes

En la misma esquina, vas dando la vuelta, marcando intermitente muy ciudadano, vigilando ancianos que cruzan borrachos o locos por donde les apetece, y entonces, aparece ante ti, con los warning a toda pastilla, clavado en mitad de la curva, medio arriba medio abajo de la acera, la rubia despidiéndose por la ventanilla de la derecha, aupando el culo, él con las gafas de sol en la mano y el pie en la ventanilla, aupándose también. Y todos paramos para ver el espectáculo del monstruo de las luces que pare rubias en las curvas mientras suena Bisbal.

Cabrones metafísicos

Y ha decidido buscar a Willy. A las ocho de la mañana de un frío invierno. Y necesita calma y paz, visualizar los flancos, atender a los letreros y nombres de las calles, anotar impresiones, comparar formas… Y todo desde dentro de su coche viejo de segunda mano. Es un genio de la vida, como los camiones de la basura, los de reparto, los de Correos. Avanzan lentos, pero seguros, buscando dulcemente a Willy entre la bruma. Los demás, les hacemos compañía con el claxon y bulto en comitiva. Llegar tarde merece la pena si el amigo de Willy se ha tomado con él unos churritos mañaneros.

Cabronas psicópatas

Jovencita y ñoña. Perdida la movilidad cervical a tan temprana edad, no puede mirar en ninguna otra dirección que no sea de frente. Tiene el pelo rizado y se lo riza para que no se le pueda ver la cara, y reconocer por tanto, desde los lados. Impasible como una estatua, agarra con fuerza el volante, porque el de su coche es digital y va suelto, y enfila de frente todo lo que pilla a velocidad de madrigal cantado por una abuela ronca. El coche de delante va ya por Lisboa, pero ella sigue firme en sus propósitos, escondida tras su pelo frito, inmóvil, ajena, ensimismada. Hay kilómetros de calzada vacía ante sus ojos, y cientos de coches se apelotonan a su espalda, pero ella no se da cuenta: creo que ésta, y unas cuantas más, forman parte del batallón de la madre de Psicosis.

Cabrones mafiosos.

Sales de una curva, detrás de unos túneles hermosos y bien iluminados. El barrio es antiguo y poco poblado. Nadie sale contigo, ni detrás ni delante. Pero en cuanto acaba la curva, te los ves delante, cerrando el paso en negro y fosforito. Te has metido de lleno en un peli de malos y buenos. Ellos deben de ser los buenos, porque llevan gorras de visera, botas de cuero y chapas con escudos. Sus coches son blancos, con lucecitas y sirenas y se han cruzado en mitad de la calzada sin que nadie les tosa. Te acongojas, aunque no te hayan pillado, porque conducir, vas conduciendo, eso no lo puedes negar, y dentro de tu propio coche, y además, dentro de la velocidad marcada, pero… ¿Y si has tosido al tomar la curva? ¿Y si te has tomado en casa una clara con limón? Lo mismo estás con la regla y no te funcionan los reflejos. Pasas entre ellos notando que te miran de reojo, con inteligencia. Luego, intentas aparcar. Claro, en el barrio no hay aparcamientos, ni casi gente, ni nada de nada. Sólo unos cuantas calles anchas, muy anchas, cortadas, que no van a ninguna parte, un par de rotondas y poco más. No hay dónde aparcar, salvo en el centro de las calles anchísimas que no van a ninguna parte. Y lo haces como los vecinos, sin más. Entonces, los fosforescentes de los coches blancos se abalanzan con papel y pluma, te machacan a multas, a broncas, a sirenas… Y te vuelves a acongojar, porque estos que te vigilan, te quitan el dinero y te abroncan, estos que se pasan las horas haciendo guardia a la salida de ninguna parte, estos que se mueven en masa con coches y motos blancos, estos que te obligan a realizar lo imposible, porque encima de los árboles no hay quien aparque, estos…, no se han dado cuenta de que hay gente haciendo locuras en la carretera de enfrente, pegando a sus mujeres dos barrios más abajo, y adelantando por la derecha en sus propias narices. Esta “peli” debe de estar equivocada porque los buenos de los coches blancos me sacan el dinero por delante y por detrás, de golpe una vez al año y a plazos durante el resto del tiempo… Y encima, ¡siempre me dan el papel de mala!

Epílogo realista : entre la loca, el porculero y los mafiosos, he decidió colgar los trastos de conducir. Tengo los tacones deshechos y las piernas rotas: ¡no veas lo que cuesta atravesar andando los túneles de la M-30!

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