UN HOMBRE Y EL DESTINO

La campiña, las hebras de algodón cruzando el horizonte, como nieve de almendros y de albaricoques. Vacas a dos colores, vallas de madera y un granero que huele a paja fresca. Las semillas de la primavera se zarandean y giran en un baile de luz por todas partes.

Y el hombre hermoso del bombín lleva en su bicicleta a la campesina de vestido largo y blanco de pliegues vaporosos  y  sonrisa pura. Suben y bajan por los caminos montados en la vieja bicicleta, sonrientes, felices y solos entre tanto amor primaveral. Juegan, ríen, se miran, se abrazan, y el hoyuelo del hombre más bello del mundo atrapa los más bajos instintos de las abejas, los conejos y las liebres. La pareja feliz baila en blanco y amarillo entre las hebras de algodón mientras los rizos del bello, su boquita fruncida y su mirada hacen bailar los corazones.

Y de repente, el fundido a la realidad. Roba trenes, no hay casa, no hay futuro… La muchacha del vestido blanco es la novia de su amigo. ¡Ni para una mujer entera tiene el bello del bombín!  No he vuelto a ver la película nunca más: me duele el estómago de realismo.  Los bellos  tiernos, ocurrentes, cariñosos, divertidos, atractivos, sugerentes, supermaravillosos…, roban trenes,  o algo peor.¡Malditas “pelis”!

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