ESTUPIDEZ

Alguien me hizo ver, no hace mucho tiempo, que una mujer a quien yo afeaba, con todo derecho, su conducta profesional, lloraba amargamente. El intermediario era, por supuesto, un hombre.  Le parecía terrible su llanto, le dolía en el alma. Yo era la responsable, incapaz de soltar una sola lágrima, enferma de “allorera” y cruel mental desde la más tierna infancia. 

Muchos  parecen sentirse especialmente seducidos por las muestras dulcísimas de espontaneidad y afecto. Esa mujer, ya no joven, que abraza y besa llena de entusiasmo y alegría a sus compañeros, y que, luego, cuenta su vida íntima en un alarde de sinceridad espontánea, esa, se queda grabada a fuego en la memoria de algunos. La recuerdan, se sienten sobrecogidos por su naturalidad, por su desnudez, por su encanto. Mucho ruido para tan poco pistacho.

Hay otros que, directamente, se sienten emocionados ante un par de muslos prietos, o enfundados en pantys de presión, o ante un escote pujante, operado o no. No les echa para atrás ni el bótox ni la silicona. Sus sensibles pituitarias les llevan detrás de cualquier protuberancia, natural o artificial, que parezca dispuesta a caer en sus manos.  Las protuberancias, a veces, esconden una inteligencia maquiavélica, pero esa es otra historia.

Hay quienes creen, sin asomo de duda, que los halagos y los piropos de quienes se mueven a su alrededor mientras la fiesta siga, son totalmente sinceros, y saludan a los recién llegados como si los conocieran desde hace siglos. Luego, cuando la turba se cansa o se acaban las provisiones, el líder del halago se ve solo, o rodeado de los que siempre estuvieron allí, sin ser vistos. Pero él continúa ciego.

Algunos son de pan y azúcar. Su ternura y su capacidad para estar atentos a cualquier eventualidad, para atender las cuitas y deseos de todos, es pasmosa. Su ternura es inabarcable. Su caballerosidad, enorme. Su sentido del humor y su forma de animar las tardes de invierno, proverbial. Yo he visto alguna mirada perdida de esos caballeros andantes en lo oscuro de una esquina…, y me ha dado miedo. Lo habré imaginado.

Hay quienes dedican su vida a los demás, como héroes y heroínas de novela. Son envidiables. Se desviven por los maltratados, siempre. Pertenecen a varias organizaciones  civiles de ayuda, dedican su tiempo libre a atender a toxicómanos o a antiguas prostitutas, trabajan con emigrantes, intentan extender la idea de ayuda a todos los que conocen. Son envidiados por todos en su inmensa generosidad. Tienen buenas casas y coches de primera mano. Y sus abuelos viven en una residencia tres pueblos más allá. Nadie es perfecto. Y yo no pienso contarlo.

Los hay sensibles. Hipersensibles. Viven en un perpetuo sin vivir, destrozados por los recuerdos, maltratados por parejas y vida. No pierden oportunidad de contar cómo su pareja les abandonó sin motivo alguno. Cómo ellos le dedicaron su vida, cómo la atendían, la acompañaban, la ayudaban en todo.  No suelen contar la anchura de la puerta de la casa de la susodicha pareja, que de ser más estrecha, no le permitiría entrar ni salir.

Bellísima fotografía. Labios carnosos y ojos claros grandes y expresivos como el mismo sol. El pelo de seda congelado en el viento. Una perdición. La presencia de carne se hace esperar: no llega, no puede ser ella, no se le parece…  Buena luz y buena cámara.

Habladora, espontánea. “Estás más gordita”. “Ese pantalón te hace más delgada”, “Ese maquillaje no te queda bien”. Habla demasiado y para compensar, hace muchos años que quitó los espejos de su casa. Si las gallinas devolvieran sus cacareos, se vería obligada a suicidarse sacándose el único ojo que mira de frente, o tapándose con algodones la nariz ganchuda.  ¡Lástima de faringitis crónica que no compensa la falta de riego!

Y sin riego, todo se agosta. Y agostado, toca esperar a otra primavera, o a otro siglo. A ver si hay más suerte con los aspersores.

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