DOLORES

Dolores antiguos como el resabio amargo de la muerte de la madre. Ese regusto a hiel que destila la llaga siempre abierta, siempre húmeda y viva. Pequeña,
invisible, oculta, pero punzante y profunda.

O como el sabor crónico que nos produjo aquella antigua traición, antigua y repentina, incomprensible, aguda como un infarto a bordo de un transatlántico, inexplicable, como una banderilla de fuego, rabia y estallido de toro manso.

Dolor antiguo, eterno, inextinguible. Como el de un gran amor perdido, podrido y muerto entre capas de egoísmo y miserias del corazón. O el de la  ingratitud del hijo, crecido de tu sangre, sin metáforas, criado al precio de la carne humana, grande, soberbio, que se revuelve como una alimaña contra su propio corazón, como una fiera de sí mismo.

Dolores de siempre, viejos como el mesozoico, como la ignorancia y la soberbia humanas, como el miedo, como la muerte. Los otros dolores sólo son versiones subtituladas porque uno puede levantarse de la butaca y abandonar la sala. De  estos, uno no se puede escapar. Se les pierde de vista, sin más, cuando ya la vista maldito para lo que te pueda servir. Mientras tanto, llevamos sellada en la fotografía, para siempre, la sonrisa falsa del histrión.

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