JULIA

No sé si es ése su nombre. Ni siquiera.

Es de estatura media, o media alta para ser mujer. Joven, pero con uno de esos cuerpos cimbreantes y totalmente desequilibrados en tiempo y forma: mucho culo, muchísimo, piernas gordas, bastante teta, cintura estrecha… y unos taconazos de locura que no puede dominar, así que va andando al trote, como los percherones tirando de un carro, haciendo un ruido infernal a su paso.

Todo en ella es así, ruidoso, estrafalario, exagerado. Tiene la cara fina y los ojos claros y chiquitos, pero una enorme boca, de labios extraordinariamente carnosos que ella pinta de un rojo carmesí, tan chillón, que es imposible no verla. Y no oírla, porque se ríe a todas horas, con una risa chillona como sus labios, estridente, artificial. Y se ríe de sus propias gracias, de sus propias ocurrencias, de su continua verborrea irónica, de sus ochos de chistes sin fin.

Pero es una mujer joven, demasiado joven, y sin embargo no hay en ella la más mínima señal de paz, de reflexión, de humildad, de predisposición a aprender, a mirarse al espejo y corregir el carmín devastador de los labios, la sordera eterna a las palabras y a los corazones ajenos. Parece que su único objetivo es hacerse ver y no permitir, bajo ningún aspecto, que las palabras, los pensamientos o las emociones ajenas le lleguen. Se emociona a veces, demasiado fácilmente para ser producto de una buena salud mental, pero sólo con sus propios sentimientos. Ni escucha ni ve. Sólo baila, dando vueltas, girando sin parar, haciendo ruido y más ruido, como una peonza enorme y chillona que hubiese encontrado ya la órbita perfecta.                                               

Porque ella, además, lo sabe todo, lo controla todo y nunca se equivoca. Todos sus esfuerzos van encaminados, tras la puesta en escena, a demostrar insistentemente que ella roza la perfección y a hacerlo de tal manera, que la gente no pueda, y no quiera, rebatirla, porque su actitud deja bien a las claras que su postura no es fruto de la casualidad, sino de alguna enfermedad del alma que ya no tiene solución.

La gente le sigue la corriente, pero no establece con ellas relaciones de intimidad, sino de histeria juvenil. Produce asombro y desconfianza, cuando no sonrisas de compasión. Algunos dirían, si fuera hombre, que es una payasa, un fantoche, una fantasma.

Y es triste. Porque no es fea, ni estúpida, ni probablemente pretenda hacer daño, pero lo hace. Porque los que se acercan a ella esperando encontrar a un ser humano, con todas sus fases, sus niveles, sus costras, sus miedos o sus esperanzas, se encuentran siempre la misma representación, el mismo nivel de juego, la misma estridencia, los mismos chistes. Como si se hubiera metido en un bucle del que no puede salir. Fuera de su propio mundo, no existe, porque debajo del carmín de sus labios desorbitados, no hay nada. Quizá Julia sólo sea una enorme máscara de colores y tacones que oculta al peor de los compañeros: el puro, loco y terrible miedo.

 

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