MOSQUITOS

Trompeteros no,  de de los otros. Zumbando sin hacer el más mínimo ruido, como una nube de arena invisible que se introdujera calladamente por orificios de cualquier tamaño, que se pegara a tu piel.  Perceptibles a duras penas, pero molestos en general, como cuando uno se encuentra mal de repente y no acierta a saber de qué. 

Pequeños gránulos negros rodeados de gelatina angélica. Ciegos en sus ataques, enloquecidos al caer la tarde. Capaces de destrozar cualquier plan: una puesta de sol, una hermosa conversación en la terraza de moda, un concierto al aire libre, una declaración de amor, un encuentro casual, un paseo solitario y relajante…

Voraces, indiferentes, caen sobre los cuerpos y las almas de los humanos, indefensos ante su insistencia y si invisibilidad. Las ciénagas urbanas les sirven de escenario, incomprensiblemente. O los ecologistas se equivocan, o alguien no se ha lavado en milenios o el alcalde no fumiga donde tiene que fumigar.

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