RIÑA DE GATOS

No reconozco a Eduardo. A pesar de mi afición a su cinismo brillante, a su originalidad llena de humor y segundas intenciones, de sus guiños a la cultura intestinal de cada uno…, a pesar de todo, no lo reconozco en esta riña de gatos que ya me disgustó  en el título.

No reconozco mi ciudad en los días anteriores al estallido de la Guerra Civil, ni reconozco la época, que he visto reflejada en fotografías sepia y documentales del  NO-DO. Nada que ver con este Madrid donde en cada esquina se pelean grupos  ideológicos como si fueran chavales de botellón después de un partido de Liga: falangistas y cenetistas, según parece y según le parece a Mendoza.

Nada creíble para mí el personaje del inglés, perdido en una ciudad que, sin embargo, dice conocer bien. Honrado a pesar de no tener inconveniente en participar en  una evasión de obras de arte ilegal, fino y educado,  aunque no hace ascos a una prostituta menor de edad, superdotado que se equivoca en todos los movimientos de su cuerpo y de su mente. Enamorado como un bobo de Byron a las primeras de cambio.

Tampoco tengo fe en los aristócratas engolados que se expresan como los protagonistas de novelas románticas, jóvenes educadas que se saltan a la torera cualquier norma machista de la época, maduras tópicas, chulos toreros tópicos… Muchos tópicos, demasiados tópicos. Tan tópicos como los personajes históricos ya aparecidos cientos de veces en novelas anteriores y muy cercanas, como si la recreación novelada de sus biografía fuera sinónimo de éxito. ¡Harta estoy de ver las gafas de culo de vaso de Sánchez Mazas por todas partes!

Le he leído siempre, desde que me lo encontré, casi por casualidad, en una cripta embrujada a la que llegué encontrando la salida de un laberinto lleno de aceitunas a donde no llegaban las noticias de Gurb.  Me encanta su frescura, su originalidad, su valentía para ahondar un poco más, para no tomarse nada en serio desde la más serias de las bromas: tocar todas las posibilidades de imaginar lo que ocurre cada día en cada poro de piel, en cada alcoba o en cada cocina, sacar el forro de los mitos, meter el dedo índice en la llaga de lo trillado.

Pero esta vez, alguien o algo ha roto el encanto. La novela de mi amigo más que un platillo de Adriá recuerda el sabor a rancho de una paella de encargo. Con premio, eso sí, pero de encargo.               

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