PARANOIA

Hubiera sido feliz si los demás no fuesen tan estúpidos.  Se sabía inteligente y hábil, incluso guapo. Lo era sin lugar a dudas. Pero no se lo reconocían. Ahí radicaba el problema.

Los otros, por lo general, utilizaban lo que sabían de él para atacarle, como ese idiota que le llamaba “gallego” con una sonrisa sabiendo que no lo era ¿Qué pretendía con ello? O el grupito del  trabajo que sonreía cuando él llegaba, no tarde, porque él nunca llegaba tarde, pero sólo, eso sí, cuando ya todos estaban haciendo piña, murmurando con toda seguridad.

Sabía desde mucho antes que no debía dar información sobre sí mismo, la mínima para quedar bien, para poder manejar las relaciones, pero nada más. Era muy peligroso: cuanto más supieran de él, más indefenso se encontraría, más posibilidad de que las críticas gratuitas que le hacían cada dos por tres proliferasen. Se hartaba de escuchar estupideces de gentes mucho más torpes que él y le asombraba ver cómo el resto las aceptaba, las toleraba e, incluso, las aplaudía. Jamás entendió las razones de esa relación pérfida en que los unos hacían como que no se daban cuenta de los errores de los otros, tranquilamente, como si fuera lo más normal.

Él podía, y debía, controlar su vida, nadie más. La sola sospecha de que alguien dudara de su  sinceridad o de su habilidad le sacaba de quicio y entonces, atacaba con uñas y dientes, sin pausa, sin freno, hasta que consideraba que el atacante estaba hundido y desarmado, y entonces, recuperaba su calma y su afabilidad, como si se hubiera tomado un valium de kilo. Sin dar mayor importancia a lo que había sido, solamente, una reorganización del entorno. Cada cosa y cada ser en su sitio y él, controlando como un buen piloto, mirando como un ave de rapiña para que nada se desordenase.  Sólo así podía sentirse bien. A veces, se preguntaba por qué no había conseguido mantener relaciones duraderas, por qué seguía solo, y lo achacaba, sin duda ninguna, a la maldad de los demás, a su egoísmo, a su incapacidad para valorarle adecuadamente, quizá por envidia, quizá por pura perversidad.

Brillaba entre sus amigos, que le tenían por una persona afable e inteligente, y en realidad, lo era,  siempre y cuando no pretendiesen entrar en intimidades  o  escarbar en el guión teatralizado que se había hecho de sí mismo. Ahí, ya no.  Podía escuchar, con cariño incluso, la vida y las andanzas de cualquiera, pero no iba a corresponder, salvo en casos aislados de los que se asustaba a continuación, en cuanto percibía que alguien se había apoderado de su valiosa información. Entonces, daba marcha atrás, la modificaba, la manipulaba para que el otro no supiera ya a ciencia cierta el valor de lo que sabía ni su certeza. Del mismo modo, contaba lo que ocurría a su manera, nunca completa, nunca exacta, nunca igual a sí misma, aunque por supuesto, la bondad de aquella estrategia era su propia autodefensa.

Pero a pesar de todo, sufría, no entendía la razón de aquel muro que, en última instancia, le separaba de los demás. No entendía las reacciones ajenas, sus críticas, sus observaciones, sus exigencias, sus quejas, su propia soledad. Porque todo se quedaba en la media distancia. Cualquier intento de acercamiento había fracasado.  Estaba condenado de por vida a ser la víctima de los errores y la maldad de los demás. No sabía que lo suyo no tenía cura. No había ni la más mínima esperanza de curación. Ni siquiera aceptaría jamás que estaba enfermo, quizá enfermo desde niño del más cruel y terrible desamor.

Características de los paranoicos
• Las personalidades paranoides se caracterizan por unos patrones y unos rasgos de conducta que permiten distinguirlas y estudiarlas.
• Evitación de la intimidad: se mantienen firmes en su postura, evitan la intimidad por temor a dar información que pueda ser utilizada como arma por sus enemigos.
• Estado de alerta: se nota en el paranoide, cuando se le observa, el estado de alerta, de tensión. Es una persona que detecta el ataque y la infidelidad donde otros nada ven.
• Rencorosos: están a la espera de la venganza. La sobrevaloración, la intolerancia a la crítica, la autojustificación de los errores, el humor irónico y la necesidad del contrincante forman parte de los rasgos del trastorno paranoide.
• Grandiosidad: porque tienen su propia manera de ver el mundo y le dan un alto grado de validez respecto de la forma en que lo evalúan los demás.
• Hombres de dos caras, si se tiene la oportunidad de hablar con algún familiar o persona cercana, se verá que el paranoide tiene un tipo de conducta para los familiares o amigos y otra muy distinta para los que no lo son.

Tomado de:http://www.avizora.com/publicaciones/psicologia/textos/0069_paranoia.htm

 

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