PRIVILEGIADOS

Lo son. Tienen un trabajo fijo. Y un sueldo que va desde los 1000 euros al infinito. Dentro del colectivo enorme de estos privilegiados, los hay por designación, por oposición o por elección. A todos les es común el servicio a otros, no a otro, que es un empresario, o a sí mismos, si es un autónomo, digo “a otros”. Y según parece, son vagos y despiertan la envidia, cuando no el resentimiento, de enormes masas de ciudadanos que se sienten tratados injustamente.

Y tienen razón. Los funcionarios barrenderos y bedeles, los enfermeros, administrativos de Hacienda, jueces, policías, profesores, conserjes de la Administración, vicesecretarios de Ministro, médicos-cirujanos y MAP, bomberos, etc. , son unos vagos y  unos privilegiados. Todos o casi todos. Cobran más que el resto, trabajan menos horas y no les pueden despedir.

Conozco yo a alguno que merecería la cárcel, porque incluso los hay que trafican y abusan de su situación, de su poder, y algunos que, incluso, cobran sin trabajar.

Algunos pocos deben de ser normales. Por ejemplo, habrá gente normal entre los médicos que nos diagnostican o que nos operan . Sin ellos, no habría posibilidad de sobrevivir. Claro está que no han tenido que dedicar años de su vida y de su patrimonio a estudiar, a hacer trabajos de investigación y a reciclarse. Y que no están expuestos a quejas y a reclamaciones si en algún momento se equivocan en su servicio a los “otros”. No hablemos de los bomberos, profesores o cargos por designación, algunos amenazados de muerte. Tomar decisiones no es algo que se pueda valorar objetivamente. Ni la presión a la que se someten continuamente en su trabajo, ni el peligro físico y psíquico de cargar con la responsabilidad de  de los otros, sea de su formación, de su salud o de su propia vida. La verdad es que los jueces salen un momento a la sala, escuchan y dan su veredicto. Luego, a casita, a dormir la siesta. Y ganan un dineral. Las enfermeras, que se pasean impunemente por los hospitales, luciendo palmito y dando calmantes a los enfermos, sin más, luego ponen “el cazo” y a echar unos bailes. Los profesores, por supuesto, que entran en clase, seguramente tarde, cuentan la primera tontería que se les ocurre, y luego, a poner la mano y a cobrar un sueldazo.

Estos privilegios deberían desaparecer de nuestra sociedad. Todos deberíamos tener el perfil de los empresarios del mundo inmobiliario de hace unos años: casi analfabeto, albañil aficionado, amigo de algún concejal de su pueblo. Contrata a unos cuantos emigrantes, compra un trozo de tierra por cuatro euros, perras de las de antes, y en un par de años se hace millonario vendiendo pisos de baja calidad a precios exorbitantes. Nadie protestaba. Señal inequívoca de que no era un privilegiado. No hablemos de ese empresario autónomo que lleva rasgándose las vestiduras desde que yo recuerdo y, sin embargo no declara el 25 % de lo que gana, porque  dar facturas en este país, no se dan, a no ser que saques la recortada y amenaces en serio. Dejo a un lado a los banqueros, a las multinacionales, a los intermediarios, que compran veduras a menos 15 y las venden a sobre 30.

Pero tienen razón. Ahora que no podemos vender pisos de cartón, que la gente no coge tantos taxis, que las Cajas han tenido que agruparse y pedir dinero por ahí fuera, ahora, hay que estrujar a esos idiotas que ganaron una oposición después de años de estudio y se dedican a cuidar de nosotros. A esos que viven de una nómina  que todo el mundo conoce, a esos que tienen un puesto fijo, a esos que no hacen nada de provecho, hay que bajarles más el sueldo, que ya se lo congelaron durante años, hay que echarlos de sus puestos, para que el albañil aficionado, el ama de casa o el fontanero los ocupen, como es de justicia.

Por cierto, entre las mujeres, tan válidas y respetables como los hombres, hay un colectivo interesante: las amas de casa “de palo”. El mejor trabajo que conozco y contra el que nadie se pronuncia: llevo al niño al colegio, lo dejo en el comedor, aunque no trabajo fuera de casa, y de 9 a 5 me dedico a mis cosas: tomar café, ir al gimnasio, pasear, pintarme las uñas. Luego, un ratito antes de que lleguen marido e hijos, paso el plumero , pongo la lavadora y hago una tortilla francesa. Y vivo en perpetua depresión por aburrimiento.

Se me olvidaba. ¿Cuándo metemos mano a los cientos de miles de prejubilados que cobran de las arcas del Estado 15 o veinte años antes de que nos podamos jubilar los demás? A los militares,  cuándo les toca pasar por el filtro social, porque esos no dan un palo al agua, salvo los que se van, voluntariamente y previo pago, a arriesgar la vida a sitios de conflicto. ¿Y el resto? Con los curas y monjas habrá que abrir capítulo aparte, porque no entiendo yo de qué viven y de dónde sale el dinero para sufragar sus sueldos. No me dirán que el trabajo de las monjas no es sospechoso. Por inexistente, digo.

A los políticos los dejo, porque ya les van dando lo suyo, pero luego empezaré con los que llevan circos y atracciones ambulantes, y con los actores, que no hacen ni el huevo, no digamos los presentadores de televisión, que trabajan media hora al día y cobran mil veces más que yo.

Tengo una lista infinita de vagos y privilegiados. Se admiten sugerencias. Que no quede ni uno.

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