EL VENENO

Había una vez una parejita tierna y maravillosa que  disfrutaba de su relación con toda la alegría de los comienzos. Parecía lo suyo un cuento de hadas. Luego, el cuento de hadas se trocó en comedia de costumbres y la realidad se impuso: había que comer y, luego, fregar los cacharros, las sábanas no se limpiaban solas, la tortilla de patata exigía tiempo y tiempo para cuajarse, no digo para pelar, freír, mezclar patatas y huevo en proporciones exactas. Había que pagar las cuentas, limpiar el polvo, organizar horarios, disfrutar del ocio, administrar los bienes… Toda aquella marabunta de obligaciones impedía a la parejita seguir disfrutando de su sueño de miel.

Pasaron los años, no muchos, y dejaron de arreglarse, total, ya se tenían muy vistos, y además, para qué. Él había ido, poco a poco, cambiando la casa por la taberna y llegando tarde. Ella le veía mirar a otras mujeres con ojos lascivos mientras  echaba de menos algúna palabra tierna y romanticona. Protestaba, pero él la creía caprichosa: se quejaba de tonterías. Ella se sentía sola y él cansado de trabajar. Ella también, de trabajar, de cuidarle y de cuidar de todo, pero quería seguir escuchando sus palabras de amor. Por eso protestaba y lloraba cuando se sentía ofendida  o despreciada . Entre los dos habían fabricado una liviana novelita sentimental.

Como no la escuchaba, ni la entendía, ella decidió ir guardando en un frasquito todas sus quejas y sus lágrimas y así, pasaron algunos años más en los que, salvo sus cuerpos y las modas, nada cambió. Pero el frasquito se iba llenando silenciosamente al tiempo que  descansaba, tripudo,  en  un estante de la nevera.

Un día, él regresó antes del trabajo, sin pasar por la taberna, y a ella, en el fondo, le molestó. Se había acostumbrado a hacerlo todo sin él. Ella esperaba que aquello se muriese poco a poco, como un otoño casi infinito. Pero la suerte, o la desgracia,  lo impidió. Aquel extraño día, él quería saber lo que no le importaba desde hacía mucho tiempo, quería amarla como no la había amado desde hacía mucho tiempo. Pero ella ya no le conocía ni lo deseaba. El preguntaba, ansioso,  la causa de su frialdad y ante tanta insistencia, ella le ofreció el frasquito.  Bebió.  ¡¡¡ Y desapareció!!!, de repente, en una nube de polvo, entre fuegos artificiales y tracas valencianas.

Un duende contó que lo había visto contando aquel drama  a una rubia tetona que le escuchaba con ojos vidriosos y a quien decía, gangoso y cansino, que nunca olvidaría al amor de su vida, mientras Camilo Sexto ponía letra y música a aquella opereta de andar por casa.

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