PERDIDA

Antes, cuando los hijos y los padres vivíamos en constante conflicto generacional, cuando los jipis eran tiernos y novedosos, cuando hablábamos del caballo, cuando dictaban y no gobernaban, entonces, nadie trabajaba en domingo. Los domingos olían a otra cosa, no había gentes por las calles de mañana, salvo el padre amantísimo que iba a comprar churros o el borracho del barrio que se batía en retirada como los vampiros ante la luz del sol. Las tiendas estaban cerradas, las tardes eran aburridas, la gente iba al cine del barrio, se vestía de fiesta y muchos, por fervor o por miedo, iban a misa de doce, a lucir galas y, luego, a tomar el aperitivo, o sea, un vermú de garrafa y unas alcachofas con mayonesa y pimiento rojo coronando la torre real.

Los lunes, volvía la gente a llevar mono por la calle, los jóvenes, abierto, enseñando pelo en pecho, los maduros, marcando culo y barriga bajo la tela ennegrecida y remendada del uniforme obrero, pero los domingos, no. Los domingos había que oler a colonia, no a desodorante, que ni siquiera existía, había que comer cocido, o paella, depende los casos y las casas y si se podía, un buen postre y a lo mejor, una copa de coñac con el café.

Pero ahora, los domingos están llenos de gente en chándal, corriendo por los paseos de los parques, perro en mano o lengua de fuera, peor que los propios perros, sudando a chorros, echando el alma por los poros. La gente se va en coche, no se sabe a dónde, los del botellón aterrizan a primera hora, despertando a tirios y troyanos…, y lo peor de todo: se trabaja. Los domingos por la mañana se oye el ruido infernal de los taladros,  desde las ocho y media, atronando la mañana inocente y nostálgica del domingo, rompiendo la paz y acompañando los gritos del megáfono del frutero, que también trabaja en domingo, o del tapicero, que tapiza por las calles todos los días de la semana.

En medio de la marabunta, ha aparecido adelantando a todos, el afilador. Con megafonía, moderno él, anunciando a grito pelado que afila lo que le echen, igual que hace muchos años, cuando los domingos estaban vedados  y era el único canto de colibrí que atronaba las calles en primavera y otoño, paseante por toda España desde Galicia, de donde eran todos los afiladores, los serenos y los emigrantes argentinos.

Sin olor a churros entre el silencio del otoño, sin olor a cera, sin vermú y sin alcachofas, el otoño se alarga en un verano que no parece ir a acabar nunca.  Voy a ponerme el bañador, que en octubre calienta el sol en la playa. Estoy completamente desorientada y perdida.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s