VÍCTIMAS INVISIBLES

Me he cansado de escuchar, y de oír porque era inevitable, cientos de opiniones contradictorias sobre el anuncio de ETA. Los parientes de las víctimas, y algunos partidos y grupos, reclamaban continuamente su derecho a no ser olvidados, a participar en los pactos venideros, a estar presentes. Sin embargo, y pensaba que yo era la única, nunca he entendido la razón de semejante exigencia. Siempre me ha parecido que sus reclamaciones, lejos de ser fruto del dolor, comprensible siempre, constituían una opción política. Y mi argumento era tan simple como esto: hay víctimas en todas partes, vivos y muertos, blancos y negros, hombres y mujeres. Víctimas de la pobreza, de la enfermedad, de los errores ajenos, de la violencia de su propia vida, de la locura de sus padres, del abandono, de la injusticia, del tráfico, de la guerra… Y todos los enfermos, los inválidos y los muertos duelen lo mismo a quienes los ven sobrevivir heridos para siempre o, también para siempre, los pierden .  No existe para mí diferencia alguna entre unas víctimas y otras. Sin embargo, en esta sociedad podrida se les trata de manera muy diferente. Los padres de los niños y jóvenes víctimas de la violencia, algunos, también reclaman en televisión, hacen entrevistas, montan ruedas de prensa, opinan, exigen. Como si sus víctimas fueran también especiales. Al cabo, aparecen alineados en algún partido que les ha estado apoyando mientras dejaban de trabajar y montaban eventos televisivos para encontrar a sus niños. Algunos les mirábamos desde la incomprensión de quien no tendría ni estómago ni  interés en que el episodio más amargo y terrible de su vida se convirtiera en noticia bomba y subidón de audiencia.

Mientras tanto, en el silencio de la indiferencia, se diluyen cientos, o miles de desaparecidos, doblemente muertos para sus familias, que no aparecen en ninguna parte, como ellos. En el mismo silencio se diluyen todas las demás ciudadanos, grandes o pequeños, que no tienen voz, que no son tenidos en cuenta, que no interesan a nadie.

Como acaba de aclarar un político vasco y veterano, las víctimas no han adquirido por ello el derecho a decidir sobre la opinión soberana del pueblo, no han adquirido el derecho a ser jueces, entre otras cosas, porque son parte, ni a legislar, ni a establecer límites políticos. El hecho trágico de que la maldad y la ignominia segase la vida de sus seres queridos, igual que las de muchos otros seres, no debería convertirles en una oligarquía en la sombra, en una especie de chantaje a la sociedad que ni siquiera se atreve a recordar, y a recordarse, que sufrir la pérdida injusta y traicionera de aquellos a quienes uno ama no es una moneda de cambio.

A veces, da la sensación de que el resto de los que sufren son absolutamente invisibles, tan invisibles como los batallones de médicos, enfermeras, profesores, fontaneros, comerciales, asistentes sociales, concejales, amas de casa, abogados, camareros, descargadores, conductores del Metro, donantes de sangre, mantenedores de piscinas, criadores de perros…. y miles y miles de batallones más que nunca desfilan ante el Jefe del Estado el día en que se celebra la bendita patria. Deben de ser invisibles y se prefiere, para que suba la audiencia, que desfilen los que trabajan con uniformes dorados: brillan y suenan muchísimo más. ¡Dónde va a parar!

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