GILIPUERTAS

El otro día de mañana, tan de mañana que aún era de noche, un anciano petrificado y soldado al volante por ambas palmas, me atacaba por el flanco derecho sin verme, y sin mirarme, claro está. Iría a poner los semáforos, o las papeleras, porque a su edad, a aquellas horas y en aquel estado catatónico, no podía tratarse de otra cosa. Pero , al poco, ese u otro día, alguien decidió que era interesante adelantarme para, inmediatamente, volverse a situar delante de mí, frenar y salir por la primera bocacalle de la derecha.  Otra, u otro, paró en doble fila, con los warning encendidos desde luego, en paralelo a un coche aparcado en solitario, rodeado de la nada. Más allá, dos tontos frenaban ante un semáforo en verde para acelerar y cruzarlo después en rojo.  Frenar de repente, en una recta infinita, sin coches ni obstáculos, peligros o amenazas, se ha convertido en una moda. De repente, frenan, sin más razón que algún latiguillo podal que padezcan, quizá por herencia genética.

Otros, de enorme peso, circulan utilizando los dos, y los tres si se pudiera, carriles, cerrando el paso a diestro y siniestro. Y así, se paran ante los semáforos, como boca de embudo, como tapón de pila. Algunas se mueven con tal miedo, que no dan un paso sin mirar a todas partes, boquiabiertas ante los batallones enemigos y el movimiento hormiguero, incapaces de incorporarse a la vida solas, atontadas  y ajenas al flujo que las rodea.

Algunos más  hacen zigzag ente los compañeros de penas, esquivan, adelantan, frenan y aceleran, dibujando cintas de colores en el suelo, a veces, solo de color rojo, propio o ajeno, que tanto les da.

Y es que parecemos gilipuertas. O lo somos. No aprendemos. No entendemos o no queremos entender. Esperar que el cielo mane judías con chorizo o que un multimillonario renuncie a sus beneficios inimaginables, es de gilipuertas. Pensar que alguien que despide gente para, inmediatamente, contratar lectores de lenguas extranjeras que enseñen a pronunciar  inglés o francés a analfabetos de su propia lengua,  que alguien que promueve los derechos del que tiene frente a los de los que no tienen, o los privilegios de los que creen frente a los que no creen y que deja sufrir a los débiles  en hospitales a medio gas mientras concede becas a los fuertes,  entre otra muchas ocurrencias, va a solucionar la mierda que hemos construido entre todos, es de absolutos gilipuertas. Que alguien done los que es de todos a unos pocos que son suyos y solo suyos, es de cabrones, aunque los donantes sonrían, aunque hablen de amor y humanidad, aunque te regalen un décimo premiado de la ONCE. Los recaudadores de los nuestro en nombre de no se sabe quién son todos, por propia naturaleza, lobos. Pero nuestra idiotez no evoluciona: seguimos conduciendo sin análisis previo, por pura inercia, por puro egoísmo, por nuestros cojones. No hay manera de racionalizar el flujo de las hormigas, no hay  manera de que entiendan que no pueden pagarse un lujo asiático con un dinero que no existe, no hay manera de obligarles a pensar, a mirar más allá del cristal delantero, a frenar solo cuando sea necesario, a no agredir sin estar en peligro. Todo es fruto genético de nuestras gónadas, o de las órdenes televisadas, del boca a boca envenenado, de la costumbre, de la pura y simple comodidad de no pensar.

Seguramente, hay otro modo, pero no somos capaces ni de imaginarlo. Somos voluntaria, democrática y libremente, unos absolutos gilipuertas.

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