CÍRCULOS INDIGNOS

 

No hace mucho, he asistido al espectáculo bochornoso de ver cómo un hijo amenazaba a gritos a su madre delante de un grupo de cuidadores.

En alguna residencia de ancianos he visto también cómo  trataban a alguno de ellos como si fuera un puro saco de huesos molesto y pesado, sordo y ciego al desprecio y al dolor.

En muchas casas de vecinos, oímos cómo el padre, el hijo, la madre, maltratan de viva voz al resto de la familia, los amenazan o los humillan sin compasión.

El asunto es tan sutil como una vulgar discusión familiar, de las que ocurren a diario. No hablamos de malos tratos evidentes y notorios, de esos que son punibles y salen en la prensa de vez en cuando, no: hablo de la pequeña maldad diaria, del desprecio constante, de la falta de respeto por el otro, en público y en privado.

A veces, los estigmas sociales fabrican un círculo alrededor de los hijos del indeseable, un círculo tan grande, que se extiende a varias generaciones, pero es invisible, silencioso, imperceptible, incluso por el propio centro de la circunferencia.

Esos círculos de silencio, de indiferencia o de piedad nos mantienen alejados de aquella maldad, no solo de aquel estigma, que no nos incumbe, porque, como decía aquella famosa psicoanalista, no somos dioses ni, claro está, policías, guardias civiles o agentes del FBI. Dependiendo del grado de indignidad, o de carencia de privilegios divinos, nos mantenemos al margen de la injusticia, de la violencia, del dolor, incluso cuando todo eso se desarrolla delante de nuestras propias narices y nuestra familia, amigos o compañeros, son los protagonistas. De los estigmas, nos alejamos por miedo al contagio, de la injusticia patente y presente, sutil, por qué nos alejamos.

Con tanta asepsia moral y tanto respeto por la vida ajena, no es difícil ver cómo los “colegas” de una pareja que ha salido a divertirse no intervendrán cuando él la trate de malos modos, sutiles malos modos, aunque luego irán cuchicheando y el hombre perderá parte de su prestigio ante los ojos del resto del clan. Dará igual: nunca se enterará. Miramos las peleas desde lejos, sin intención alguna de intervenir y cuando el grupo se acerca, nos movemos con él, manteniendo la distancia equidistante al borde, como si se tratase de un extraño ballet: no nos incumbe, es una discusión vulgar y corriente, en realidad, ni siquiera escuchamos los argumentos de los que discuten. Da igual.

El mismo círculo nos mantiene al margen, mirando de reojo,  pero en silencio, cuando los enfermeros, bedeles, conserjes o vigilantes tratan de manera onerosa a clientes, enfermos o visitantes.

Los hermanos se mantendrán lejos de la línea de fuego cuando haya pelea entre sus padres o entre cualquier otro miembro de la familia. Y así, sucesivamente, los humanos sobrevivimos a la injusticia presente y, luego, nos lamentamos de la poca ayuda que los otros nos otorgan cuando las que están en el escenario son nuestras propias carnes.

No puedo ni imaginar lo que se siente dentro del círculo de la indiferencia ajena, tratado injustamente y humillado o agredido verbalmente, mientras el resto de congéneres te observa en silencio, ajenos, sin hacer nada.

Tomar partido es un privilegio divino, interferir, también. ¿Por qué poner en peligro nuestra imagen, nuestra tranquilidad, nuestro prestigio e, incluso nuestra integridad física? No nos incumbe, esa es la verdad. El círculo de mi propia indignidad y de mi propia cobardía es mucho más grande, alto y resistente que cualquier otra figura geométrica. No somos dioses, así que, dejemos que los otros hombres se las arreglen como puedan.

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