TEATRO

                 A veces, hay que dar las gracias, y darlas de corazón. Cuando otro ser humano, tan frágil o cobarde como tú, te hace vivir y revivir tu propia vida, tus propios sueños  o tus propios miedos a base de corazón, de sufrimiento y de tiras de su propia piel, entonces…, hay que dar las gracias.

                 Y yo las doy hoy a todos los que muy a menudo me hacen sentir, mucho más que entender, los latidos de otros corazones disfrazados de personajes.

                  Sobre el escenario, un puñado, muy grande, de actores, tan grandes como el escenario cada uno de ellos. Una escenografía sencilla y sincera, pero vigorosa, cercana, enorme.  Un texto magnífico. Nada más y nada menos.

                   Casi cuatro horas de nuestras vidas, porque todos  estábamos allí, todos nos reconocíamos  de alguna manera en los matices, terribles, hermosos  e inalterables  de las puntadas que enlazan las vidas de  los que compartimos, por imperativo genético, la vida, sin poder  elegir, sin poder escapar. Condenados a ser quienes fueron otros sin darnos apenas cuenta, a representar el papel que nos toca, dentro y fuera del escenario, apenas conscientes de repetir frases, de heredar vicios, de odiar a quien más amamos, de destruir a quien queremos ayudar.

              Tracy Letts borda con puntadas crueles, pero universales, las propias puntadas de nuestra familia, de la familia de todos. En el escenario, una Amparo Baró inagotable, increíble, la Machi, a su altura, como todos los demás. Entre ellos, la nieta de otra mujer del teatro, de la familia del teatro, Irene  Escolar. Su abuela, su tía Julia, su tío Emilio, y tantos otros seres tocados por el don de la magia también forman parte de nuestra familia, de nuestra vida, de nuestros recuerdos. Su esfuerzo, su sufrimiento, porque cuando se trabaja con el alma se sufre, nos han hecho vivir a los que compartimos desde hace muchos años esta vida con ellos, aunque no nos reconozcan por la calle, nosotros a ellos, sí.

                       A veces, el espectáculo es un mero fuego de artificio, más o menos sorprendente, más o menos agresivo, a veces, bajo las luces, no hay mucho que decir, pero esta vez, no.  “Agosto” ha llenado de pasión y de vida este Madrid retrechero de diciembre. A todos ellos, disfrazados de ángeles de mis sueños, las gracias desde lo más profundo de mi corazón.

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