LA MALA SUERTE. CUENTO POST NAVIDEÑO.

El pobre hombre tenía muy mala suerte.  A pesar de su inteligencia, de su vastísima cultura y su habilidad para crear nuevos departamentos, hacer clientes y abrir nuevos mercados,   a pesar de su veteranía y su porte, le echaron a la calle, como si de un vulgar becario se tratara.

Tampoco con los amigos le había ido mucho mejor. Le sonreían y le saludaban afectuosamente incluso, dándole palmaditas en la espalda, como si fuera un gracioso osito de peluche. Le ofrecían su ayuda, sin cortapisas, y le preguntaban por su salud, pero al cabo de cierto tiempo, acababan desentendiéndose de él. Asombrosamente, volvía a estar solo, como si su simpatía natural y su amabilidad no tuvieran sentido alguno para nadie.

Con la familia las cosas no habían ido mucho mejor. Las relaciones  consanguíneas  eran frías y distantes. Por razones que no entendía, no parecían confiar en él. Le echaban en cara, demasiado a menudo, errores y defectos que no tenía, intentando convencerle de que había cometido desmanes que no eran propios de él y que no recordaba en absoluto.

Sufría indeciblemente teniendo que arrastrar la injusticia del  trato ajeno a la espalda.  Con las mujeres, le había ocurrido tres cuartas de lo mismo. Él no las buscaba. Eran ellas quienes  le seguían y él, simplemente, se dejaba querer. No comprendía por qué con ellas tampoco tenía suerte, por qué luego le abandonaban  dejándole sumido en la más terrible soledad.

Su economía nunca fue boyante y, no sabía muy bien por qué, a veces se había visto obligado a pedir dinero prestado a pesar de no tener grandes vicios y ser un hombre austero y humilde, capaz de sobrevivir con cualquier cosa. Nunca tenía dinero. El vil metal se le escapaba por entre los dedos de las manos como la famosa metáfora del agua y la red.

Él, tan culto, tan sabido, tan hábil, tan seductor, tenía tan mala suerte que se pasaba la vida paseando solo por los parques de Monviedro, mirando a los pájaros levantar el vuelo y esperando algún milagro que le sacara de aquella rutina injusta y dolorosa. Pero un día, al pasar por una tienda de chuches, se vio reflejado en el espejo del escaparate de las nubes rosas. Y le preguntó al espejo por qué tenía tan mala suerte. Pero el espejo, estúpido espejo, no le contestó. Se sentó, mareado, en un banco cercano, y siguió preguntándose por la razón de su mala suerte hasta que se quedó dormido y soñó: la banda de música se acercaba  marcial, los niños jugaban al pilla pilla, los viejos charlaban del partido de la noche anterior, del gol de Pepito y de lo buena que estaba la mujer del  Ambo. Todos le rodeaban sonrientes, repitiendo el mismo estribillo, entonando la misma canción: ¡Eresún… putocabrón! ¡Eresún… putocabrón!

Y despertó. Y sonrió feliz. Por fin sabía, por medio de Freud, la verdadera, la última, la divina y perfecta razón, que, curiosamente,   también rima con cabrón. ¡Chimpón, chimpón, chimpón!

 

 

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