BOLERO

Se puede cuando aún se cree en que hay algo tras el horizonte, cuando uno está dispuesto a dejar que se te claven las espinas del camino, de pisar piedras, esquirlas de metal o agujas puntiagudas, de subir y bajar por los riscos de la vida…

Entonces, la mirada del otro te consuela de todo el sufrimiento, el trabajo o el dolor. Entonces, te espera otra vida, el futuro, la ilusión de ver crecer a los hijos, la grandeza de compartir la intimidad con él y con nadie más, el deseo de progresar, las ansias de enseñar al otro lo que nadie sabe de ti. Las sábanas heladas, las caricias de raso, el zumbido de su amor en tus oídos. La espera de sus pisadas en el descansillo, el eco del timbre, sus ojeras de cansancio, las fiebres del invierno, las amenazas repelidas por los hombros de los dos.

Y por todo ello, renuncias, aguantas, esperas, abandonas, postergas todo lo que sale de dentro, todo lo que te haría feliz, solo a ti, todo lo que no lleva el nombre del otro, todo lo que no sea una inversión de futuro a su lado.

Pero el tiempo pasa y el horizonte desaparece para convertirse en una enorme postal casi infinita donde todo está claro y meridiano, donde el final está marcado con una flecha roja, donde la fecha de caducidad tiene el tamaño de los toros de Osborne.

Y si llegado a ese punto del cuento, la puerta de la casa es de una plaza y olvidaste cómo suenan las pisadas en cualquier  descansillo, ya no hay sitio ni tiempo para nada más.

Entonces, ya no hay nada ni nadie por qué esperar, ni aguantar, ni sufrir. Ya nada merece una pena, ya nada espera al otro lado, salvo lo que tú ya sabes. No hay forma ni deseo de cambiar caminos ni de torcer esperanzas. Solo de aprovechar tu propia vida, tu propio camino, tu propia libertad. Ya el otro es un recuerdo, un sueño desvanecido, ya no es posible creer en la intimidad, ni en ilusiones de casitas nuevas ni de olor a leche de bebé. Ese tiempo   pasó, y ahora, toca relajarse y disfrutar antes de que las piernas digan basta. Es el tiempo en que las corazas enormes de los hombres se cierran herméticamente, es el tiempo en que nadie es lo suficientemente transparente como para mirar a su través, es el tiempo de volver a la infancia egoísta, de pensar solo en ti, de proteger lo que conseguiste en el pasado, de colgar el derecho de admisión, de defender un territorio que es como un último tesoro que nadie debe arrebatarte, de escuchar la música que quieras, donde quieras y como quieras, sin condiciones, sin esperas, sin coacciones.

Esa música que se clava levemente en el alma, muy de tarde, y te pega contra la frente una postal  antigua, con la lágrima dulce y amarga de un bolero.

 

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