PELUCHES

¿Habéis visto alguna vez a un bebé de un añito jugar con sus peluches? Yo disfruté del espectáculo hace bien poco. Y me quedé sobrecogida de espanto.

Primero, el bebé sonriente y sonrosado, como una manzana golden con patas, miraba el peluche con arrobo, vamos, que se le caía la baba, y no me extraña, porque era precioso, bueno … , eran preciosos los dos.

Lo tocaba y lo agarraba con sus manitas de bizcocho. Lo apretaba, lo tiraba al suelo y se subía encima. Lo mordía y luego le daba besitos de galleta. Algunos de los pelos de nube del muñeco empezaron a desparramarse por la alfombra de juegos del muñeco de carne, pero no cejó en su empeño de averiguar si podía arrancar aquella masa de pelo de algodón en rama a tirones.

Se cansaba y lo tiraba a un lado, con un gestito de desprecio. Y el peluche,  impertérrito , mordido, chupado y tironeado, parecía parte del paisaje de la alfombra de juegos. Lo empujaba en sus idas y venidas, en sus gateos, y en sus gracias. Luego, lo volvía a coger, y vuelta al besuqueo, al mordisqueo, al tironeo y al abraceo. El peluche era de los buenos y resistió estos ataques estoicamente, convencidos de ello, pasamos al café y a la conversación.

A nuestras espaldas, se tragaba los pelos y escupía  y después de daba en el culo al peluche por malo, y le regañaba por todo, y le abrazaba, y le cambiaba por un conejo de la suerte o por una bailarina de hip hop de su hermana mayor. Y luego, vuelta a jugar con el peluche medio calvo ya, sucio, desfigurado y roto. Y cuanto más roto y sucio estaba el peluche, más se enfadada el bebito y más lo regañaba. Hasta que en el colmo del enfado, le arrancó la cabecita de hojaldre y lo despedazó. Y entonces, inició una llantina infinita, llena de pucheros y resoplidos, de lágrimas de alcohol y berrincheras que daba penita verlo.  El pobre bebito se había quedado sin muñeco con quien jugar.

La mamá, muy astuta, reclamó su atención con otro objeto, mientras, compadecida, recogí los restos del cadáver y los tiré a la basura. Y el bebito me miraba muy serio mientras lo hacía y entonces  fue cuando me asusté: aquel bebito de manzana tenía la mirada de mi vecino el alto, por lo menos. Parecía  todo un hombre.

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