FALTA DE RIEGO

Soy de las personas que intuyen los principios y los finales, que perciben ciclos en todas las cosas, que se dan cuenta de que algo no funciona en el engranaje de la vida que nos rodea, mejor dicho, de que algo ha empezado a funcionar mal; entonces, me dispongo siempre a encarar un proceso diferente, aunque no diga nada a nadie, aunque no se me note. Es muy fácil sorprender un día una mueca en el rostro de alguien que parecía feliz con su cometido hasta ese momento. Ver un velo de polvo sobre la reunión del fin de semana, como si lo que antes era brillante hubiera sido acariciado por un inmenso papel de lija. La desgana, el resquemor, la duda, la sospecha, esas piedras sobre las que tropieza la fluidez de un grupo, de una familia, de una relación, son fácilmente perceptibles. Solo hay que ponerse a ello. De repente, lo que era afecto y confianza, se mancha con el lunar minúsculo de una ofensa mínima, casi invisible, pero luego, poco a poco, se va haciendo más grande hasta que acaba por invadir la epidermis entera de la relación. Los planes se acaban cuando los objetivos se han cumplido o, por el contrario, cuando no han podido cumplirse. Las mujeres vivimos esclavas de procesos de cambio continuos en ciclos encadenados que nos hacen madres, por ejemplo, o nos impiden serlo, sin poderlo remediar. Las amistades y los amores empiezan a echar hojas amarillas cuando el mal riego y el pulgón de la desconfianza se apoderan de ellos. Los vicios, las enfermedades, los trabajos, los ratos de ocio, la moda, el arte, la sociedad, la historia… todo es una sucesión inacabable de ciclos, más o menos importantes, más o menos predecibles. Hay que saber, y no hace falta más herramienta que el esfuerzo y la atención, cuándo podar, aunque duela, para que el ciclo no acabe dejando sin semillas siquiera el futuro de un nuevo brote. Hay que regar, convenientemente, profundamente, hay que abonar, y quitar el polvo de las hojas, airear la tierra, limpiar la broza… En realidad, es todo tan fácil como dejarse llevar por la llamada de la naturaleza, como si fuéramos simples lobos. Cuando la relación, la actividad o el grupo ha llegado a su final, huele en el aire, se nota en las miradas, canta en silencio el adiós. Todo, en el fondo, es la crónica de una muerte anunciada, empezando por la de cada uno, anunciada desde el mismo día en que comenzó nuestro propio ciclo. No hay que dramatizar. Al final, uno debería haber aprendido que nada sobrevive a la falta de riego.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s