UNA HIGUERA

Lleva años ahí, siglos. No necesita el cuidado de nada ni de nadie. Resiste al viento, a la lluvia, a las heladas, al granizo y a los nidos enormes de pájaros grandes como barcos que suelen refugiarse entre sus ramas grises.  Luego, cuando da fruto, se le acerca el personal a coger lo que puede, y puede. Sus higos pequeños y verdes son dulces, tan dulces como arisco es el carácter de su madre.               

Grande, generosa, inamovible.  Da sombra en verano, una sombra extensa y placentera, bajo una manta de hojas grandes y de un verde brillante. No se doblega ante el mimo del abono ni del riego: no los quiere.  Se mantiene firme, contra viento y marea, sana y robusta por fuera, aunque quizá sus raíces estén podridas, quizá sus ramas se vayan secando poco a poco, quizá, un día, un rayo la hiera mortalmente. Entonces, y solo entonces, se quedará el horizonte desnudo sin su presencia, los pájaros sin nido, los niños sin dulce, la mesa sin sombra y el corazón sin sustento. Solo entonces nos causará dolor la fiel higuera.

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