INFIELES

En promedio, las estadísticas de infidelidad aseguran que el 60% de los hombres son infieles, y que el 40% de mujeres les sigue los pasos. Para Sexole, el primer estudio sobre conductas y preferencias sexuales de usuarios de Internet en España, las mujeres son más infieles que los hombres (50% frente al 44%) y también más apasionadas: un 65% exterioriza más las emociones en el momento del clímax, frente a un 27%. El estudio de Journal of Couple and Relationship Therapy asegura que entre un 45 y un 55% de las mujeres casadas son infieles…

Podemos encontrar párrafos como el que antecede en todas partes. Desde el INE hasta el último blog de psicología, o de andar por casa. No concuerdan. No hay posibilidad de reconocer claramente dónde está el problema, el tanto por ciento ineludible, la razón de peso, la verdad, en suma, aunque la estadística no sea verdad casi nunca.

Los sexólogos y los moralistas dan vueltas al tema desde que existen; los demás, también. Porque no tiene sentido. Ningún sentido. Dos adultos deciden establecer un vínculo íntimo, un pacto personal, de cara al futuro, sin condicionantes previos, sin amenazas, por pura voluntad de convivir. Y, acto seguido, se engañan con terceras personas. Conviven a ratos con otros adultos que, a su vez, engañan a aquellos con quienes establecieron vínculos de intimidad.

Las variantes son de locos: casados con solteros, separados con separados, viudos con casados, casados con casados. Y todo, por qué. ¿Por miedo a perder lo que se tiene? ¿Por miedo a perder la honra, los hijos, el bienestar?

¿O es que simplemente nos aburrimos con el mismo, o la misma, y necesitamos cambiar de vez en cuando con gente que no nos importa, pero nos divierte? Lo cual no significa que no queramos mantener el pacto previo, solo  entretenernos.

Pero hay más. Gente que se mantiene fiel a los muertos, a su muerto  o muerta. A quien todavía no ha aparecido por su vida o a quien ya no forma parte de ella. Otros, sin embargo, engañan por sistema antes, en medio y después de cualquier relación y son capaces, sin que les remuerda la conciencia por ello, de arrodillarse suplicando el perdón mientras  mantienen relaciones, de tipo variado, con terceras personas y no tienen intención ninguna de abandonarlas.

Hay quien no ve traición ni engaño en las relaciones sexuales con terceros, aunque no tiene demasiado sentido entonces que las oculten. Hay quien siente que le engañan si no le dedican en exclusiva todos los pensamientos y las miradas, aunque ellos no correspondan con la misma actitud. Hay quien siempre está de caza, casado o soltero, por muy estable que sea su relación de pareja. Hay quienes, y las he conocido, conviven durante toda su relación matrimonial con la foto y el recuerdo del novio del pueblo o del pescadero del mercado donde hacen la compra durante toda su vida. Sin pestañear. Algunas mujeres guardan siempre en el recuerdo a aquel príncipe azul que se esfumó y lo comparten, de mejor o peor gana, con el marido de turno. Ellos, a menudo, no guardan recuerdo de casi nada: nunca saben de quién se les habla cuando se les pregunta por esta o aquella otra a la que miraban, llamaban o requebraban en tus propias narices.

En fin, parece que los hombres y mujeres necesitamos jugar con muñecas y muñecos mientras llevamos a cabo nuestras obligaciones sentimentales por pacto previo. Parece que ambas cosas nos resultan necesarias y gratificantes y, por lo tanto, no se entiende que esa figura tripartita no se haya instalado en nuestra sociedad como una alternativa tan digna como cualquier otra. Mi esposa y mi muñeca de cuando la primera se va a ver a su madre. Aquí, mi marido y, al lado, mi muñeco de las sobremesas, de cuando él se queda a hacer horas.

Y todos tan contentos, sin necesidad de engañarnos, de escondernos ni de inventar tantas mentiras, grandes y pequeñas, que el agotamiento mental nos traiciona continuamente. Quién te ha dejado ese mensaje. La muñeca.  Qué vas a hacer mientras voy a ese congreso. Me voy a la playa con  mi muñeco.

Porque lo repugnante de todo esto es la mentira. Y el cansancio que produce: hay que imaginar cuál es el tanto por ciento de infidelidad que te corresponde, la cantidad de cuerno que llevas ya criado, los que te quedan por soportar, los que tú puedes poner, lo que tienes que decir, lo que tienes que callar… Vamos, que a cierta edad ya no merece la pena. ¡De ahí el auge del  tupper sex!

 

 

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