LA MUERTE DE ANTONIO TABUCCI

Confieso que leí su novela casi por casualidad, hace muchos años. El título ya me mosqueaba, pero aquella portada de Anagrama, con el actor italiano  Marcello Mastroianni   gordo y sudoroso, nada atractivo y con la chaqueta a la espalda, me llamó la atención.

Al principio, no se nota, pero luego, poco a poco, sostiene Pereira que todo el libro es una de las más terribles y enternecedoras historias de vida y despertar, de muerte y valor, de sutil encuentro con el interior, sin aspavientos, heroicidades, sangre ni alharacas, de algunos hombres, y mujeres, que vivieron en un mundo que cercenaba  el aire casi sin darse cuenta, que acogotaba el entendimiento, que llegaba a l pecho cuando los pulmones ya no eran capaces de tomar aire para correr, mucho menos, para luchar. El Portugal cercano y vecino, en todos los aspectos, en plena dictadura de Salazar, la soledad del hombre maduro, en soledad elegida, en paz conseguida y, sin embargo, capaz, pausadamente, de elegir el camino más áspero, más peligroso, menos apropiado para dormitar, me sedujeron. El aire dulce y pausado de las dictaduras de bizcocho es común a muchos pueblos. Los hombres que son como son, sin más aspavientos, no.

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