FATUM

Conocí una vez a una pareja dispar, aparentemente estrambótica…, curiosa de ver, como diría un castizo. Eran muy valientes y se atrevían a intentarlo, a pesar de que lo tenían todo en contra.

Se querían, de eso no había la menor duda. Tanto como para correr el riesgo y decidirse a encarar el horizonte cogidos de la mano, aunque hubiera más rayos y más tormentas que en un salvapantallas de todo a 100.

Y convivieron. O algo parecido, porque en seguida, la realidad de su diferencia en cada minuto, en cada mirada, en cada gesto, los hería. Lo que para uno era necesidad irrenunciable, para el otro era un capricho innecesario. Lo que sinceridad, ofensa para su amado, lo que fidelidad, atadura, lo que compromiso, lazo, lo que estabilidad, rutina.

La gente de la tribu, que a uno le sobraba y le estorbaba, al otro le resultaba tan necesaria como el mismo aire. Uno necesitaba mantenerse libre, otro  entendía aquella libertad como un engaño, como una traición. Los rezos de uno crispaban al otro. Los sueños del otro, asustaban al primero igualmente.

Pero siguieron intentándolo, una y otra vez, mientras las heridas y el sufrimiento se iban haciendo, una y otra vez también, más grandes, más dolorosos, más insoportables. La supervivencia de su propia esencia chocaba con el amor enorme que se tenían.

Y no había nada que pudieran hacer. Cada uno era cada quien y el continuo vaivén a que sus vidas y su tranquilidad se veían sometidas, el continuo esfuerzo de tener que entender lo que, realmente, no entendían, el desgaste sistemático de sus propios deseos, la desconfianza, el cansancio, la amargura, la sensación de fracaso profundo e inútil les fue alejando y, poco a poco, se soltaron de la mano, porque se hacían daño, porque les quemaban las palmas de aquel a quien habían amado y, quizá, amaban todavía.

Ahora viven lejos uno de otro, condenados a saberse respirando en alguna parte, quizá al lado de otro, o de otra, que solo es para ellos una anécdota, un marco de plástico de la foto fija de su propIa vida. Probablemente, jamás se olvidarán, porque como decía aquel, no se puede olvidar lo que se ha amado tan profundamente, pero la química del amor no tiene lógica, los ácidos corroen lo que se les pone por delante y no hay ley que impida a un huevo enamorarse de un martillo pilón, por poner un ejemplo.  No hace falta que explique el final de semejan te enlace: no queda otra que poner tierra por medio.

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