CONTRA EL VIENTO DEL NORTE

Muy flojo soplaba el viento, flojísimo, pero debía de ser ardiente, porque la protagonista de la historia no paraba de quitarse y ponerse ropa, contorsionarse sobre el escenario en bragas y sujetador como una auténtica atleta, mostrando un cuerpo  espléndido. Él tampoco se quedaba atrás: un desnudo casi integral lo confirma.

Un diálogo, epistolar en la novela que da base al guión, continuo, a veces muy lento y, desde mi punto de vista, descontextualizado. El marido casi anciano, profesor de universidad casado con jovencita brillante, antigua alumna, que se aburre de la rutina cotidiana, madre advenediza de los hijos de su esposo,  un Víctor Quintanar comprensivo, tranquilo, ajeno, como en una Regenta del siglo XXI. Y casi con el mismo final.

Y la joven atleta entra en contacto cibernético con otro profesor, lo suyo es fijación, solitario, recién salido o todavía en cocción, de una relación con una tal Marlene, de lo más exótico. Con horarios extraños y silencios incomprensibles, se debate entre la risita nerviosa incontrolable, la afición al alcohol, las escapadas imaginarias, los silencios gratuitos y la pasión.

Ella necesita el encuentro de carne, él también. El esposo consiente y coopera, convencido de que una vez saciado el hambre, la niña volverá a casa como si tal cosa, pero ni así.

Después de muchos meses de perversa y oculta relación cibernética, ella, en un ataque de pudor inusitado, no se atreve a acudir a la cita y él, despechado y gratuito, cierra el grifo de la relación en un alarde de valentía y autocontrol que no parecían serle conocidos antes.

El mérito: haber puesto sobre la mesa un temita circunstancial. Las relaciones internaúticas han cambiado el sistema social de nuestro mundo, pero de eso ya hace mucho. Actualmente, a nadie se le ocurriría mantener esa relación por medio de mensajes de correo electrónico, ahora corremos a lomos del wassup,  facebook  o medios semejantes, y en breve, a base de móvil incorporado en el cerebro en un futuro chip intra epidérmico. Con él, todos podremos saciar nuestras fantasías y carencias de forma digital, on line, sin pago de cuotas ni tasas ni el más mínimo remordimiento.

Engañar al marido por mor del aburrimiento y el morbo y la impunidad que da el teclado del PC es un tema tan antiguo como el hombre, o la mujer, que suele ser, siempre, la adúltera insatisfecha. Nada original en el encuadre tampoco. Ella se queda llorando, él, sin mover un músculo de la cara, se va para siempre, como un segundo Álvaro de Mesía. No hay más. Como diría Cervantes, fuese y no hubo nada. Y nos quedó el frío del norte. Del norte de Austria.

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