TEATRO

Y estaba allí, sentada, en una esquina de la penumbra, recordando cómo, a mirada pasada, todo encajaba. La había estado engañando desde el principio, desde el primer momento en que se conocieron. Y ella se había negado a aceptarlo. Se había puesto una venda de metal cromado sobre los ojos de garza para no ver lo que la neurona mayor del reino le gritaba a voces,… y algunos conocidos y familiares, también.

Mentía, pero no por nada: porque sí. Mintiendo, evitaba dar explicaciones de sus actos, equivocados o no, evitaba tener que renunciar a caprichos injustos, a juegos deliciosos, a pequeñas, o grandes, libertades. Mintiendo, mantenía una imagen ajena a su realidad por completo, controlaba toda la información impidiendo que a él le controlasen, impedía sospechas basadas en datos constatables, podía, en suma, vivir en dos realidades al mismo tiempo: la del amor generoso que le alimentaba y la de libertad sin compromiso, a la que no estaba dispuesto a renunciar.

Mentía porque tenía miedo de todo y de todos. Mentía porque no creía en el amor de nadie, porque nunca se sintió merecedor de un amor desinteresado y valiente que él era incapaz de sentir. Y mintiendo, fue andando por el camino del dolor del otro, de la otra en este caso, sin darse cuenta de que era el amor y no la idiotez genética lo que mantenía aquel lazo, como un pacto terrible y doloroso entre actores y público, por encima y por debajo del telón de boca.

Y, soberbio y estúpido, no se dio cuenta en ningún caso de que el lazo era cada vez más tenue, de que la mano que apretaba se escurría como mantequilla cremosa, de que no había ya ni el más mínimo contacto físico entre ellos, aunque en su estupidez, a él le gustaba interpretarlo como una fase nirvanática de la relación. No, ya no se besaban, ni se abrazaban ni hacían el amor. Nunca. Convivían a ratos, traqueteando entre el amor y el odio, hasta que un día, la máquina que cargaba los vagones descarriló, se rompió en pedazos en medio de una tormenta y ya no hubo manera de pegar los trozos. Allí mismo, todo el recorrido largo y penoso dejó de tener sentido, se convirtió en una sombra estéril, sin sentido alguno, y la boca de la cueva se cerró para siempre.

Entre la penumbra y la paz, sonaba un bolero, como casi siempre ocurre en estos casos. La cubana hería a trallazos el alma del recuerdo, como si su teatro fuera el mismo teatro de siempre y para siempre.

Se levantó y se fue.  Apagó  la música, se calzó unos tacones con alza y fue picoteando el suelo hasta la luz. Podía elegir ahora la mentira que más le interesase.

 

 

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