DE OLVIDOS, VIDELAS Y OTRAS HIERBAS

Un derecho, el de olvidar, que no todos podemos ejercer. Pero ya lo decía él: allí, donde habite el olvido solo puede estar la tumba de cada uno. Mientras hay vida hay recuerdos y el olvido para muchos no es posible, como no es posible el perdón.

Olvidar y sentir que todo vuelve a empezar desde cero, que no hay heridas ni recuerdo de cicatrices pasadas, que todo fue un sueño que desapareció con la madrugada; sentir que la vida empieza a cada paso, con cada café de la mañana, con cada canción, con cada bocanada de aire; imaginar que aquel puño cerrado golpeando nuestro espíritu incrédulo, incapaz de entender la propia culpa, que aquellas palabras envenenadas escupiendo todo el dolor del mundo en nuestros oídos, que aquellas mentiras, que aquella injusticia, nunca existieron…

Imaginar que solo la sonrisa y la caricia tuvieron lugar, que solo la canción, la ternura y el amor existieron, que solo los paseos de la mano, los cafés al sol en una terracita, los murmullos de alcoba o las dulces despedidas existieron es una simple utopía, una quimera.

La retina y las neuronas guardan celosamente los archivos de todo, como las fotografías, los vídeos, los avis, las páginas de Internet o los mensajes de móvil. Todo está guardado y fresco, dispuesto para ser revisado a la primera orden, al primer mohín. Todo ha ocupado su lugar, ha abierto su surco y su camino y ha dado sus frutos.

Allí donde hubo una mala palabra, un grito o una mentira, creció el despecho, el miedo y el rencor, como flores del mal que salen frescas y fuertes de la tierra húmeda. Allí donde hubo traición, hay sed de venganza, donde hubo decepción, creció la amargura, donde hubo maldad gratuita, crece el odio y la desconfianza. No se puede sembrar viento y pretender, luego, recoger cosechas de trigo blanco, maíz impoluto o alfalfa fresca. No, no existe el olvido, existe el rencor.

La gente que dice, tiernamente, que olvida lo malo que le hacen, miente. Y miente porque así puede sobrevivir a la propia pena de saberse engañados y traicionados. Miente para defenderse de su propia memoria, miente para sobrevivir, pero corre un tremendo peligro: tropezar de nuevo, sentir de nuevo en el alma el puño de acero que la magulló.

No se puede volver atrás, salvo que no sea tuya la piel lacerada, no sea tuya la herida profunda, no tuyo el dolor de la traición. Entonces, sí. Si tú fuiste el verdugo, el homicida, el agresor, seguramente has olvidado de qué modo torturaste, destruiste o aterrorizaste. Seguramente, tu mente no ha tardado mucho el olvidar el dolor del otro, porque no hay una sola cicatriz en tu corazón egoísta y loco. Y el otro seguirá eternamente lamiendo sus heridas, a escondidas, esperando que nadie, nunca, vuelva a abrir aquello que con tanto celo oculta. O se alzará con las armas de la rebeldía y la constancia contra ti, eternamente contra ti. No hay lugar en la tierra donde habite el olvido.

RIMA LXVI
¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
de los senderos busca,
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura,
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿A dónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

Gustavo Adolfo Bécquer (1836 – 1870)

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda (1902 – 1963)                         

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