LA SOGA EN CASA DEL AHORCADO

Los principios de la magia simpática dicen que nombrar un ente equivale a conjurar su presencia, volverlo carne y peligro, traerlo en vivo y en directo. Por eso, la gente no nombra la soga en casa del ahorcado, no llama a las cosas por su nombre y, en muchas ocasiones, se la coge con papel de fumar.

Por puro miedo. Por el mismo miedo que no quiere acercarse a aquello que le recuerda lo que será, o lo que ya es, y no hace visitas turísticas  a  hospitales ni  cementerios, por joyas arquitectónicas o enclaves de la ciencia del porvenir que sean, no sea también que aquello llame a las presencias dormidas y se acuerden de nosotros antes de tiempo.

Pero hay personas, cuanto mayores más abundantes, que se complacen en todo lo contrario. Hay personas que conforme van envejeciendo, van volviéndose   adictos a la descripción minuciosa de todo tipo de enfermedades y males, al recuento estricto de todos los óbitos de conocidos y desconocidos, al relato fiel y sin omitir detalles de curas, fiebres, granos purulentos, intervenciones quirúrgicas, sondas, exploraciones, agonías y muertes. Se embeben en sus  historias truculentas y cuentan las propias  con un orgullo incomprensible.

En estos casos, parece que se busca el efecto contrario. Metidos ya en la harina del portal que lleva al otro barrio, o sintiéndolo así, hablar de los males ajenos, pero cercanos, equivale a demostrar a los cielos y a la tierra que todavía sobrevivimos, que nosotros nos mantenemos firmes y nos alegramos de ver cómo la destrucción de los otros no nos ha tocado ni un pelo.

Quizá sea más terrible vivir, como los muertos por cobardía en el combate, entre los dos mundos. Lo tremendo es ser y no sentir que uno ya está en el ejército de los que se van de viaje más pronto que tarde. Y convertirse en un viejo tonto disfrazado de niño, o de niña que es peor, en los carnavales de los años sesenta. O hacer como aquel anciano que conservaba el tronío de los años mozos y cuando se le presentaba la oportunidad de compartir veladas con la gente de su quinta, decía con una mezcla de desprecio e incredulidad: “¡A mí no me llevéis con esos viejos!”.

La opción de saber qué y quién es uno y mantener la cabeza fría, las ideas claras y la ubicación correcta en todos los tramos, incluido el final, es prácticamente heroico.

La mayoría prefiere darse al alcohol, convertirse en oráculo de malos presagios, disfrazarse de pingüino o mirar hacia otro lado. Casi todos optamos por expulsar una gran parte de las neuronas que nos quedan para facilitar el proceso de adaptación. De ahí las jóvenes enamoradas de setenta años, las minifaldas de los cincuenta y tantos, los coqueteos viriles de los seniors venidos a más “de boca”, las risitas histéricas de las meriendas, los tintes masculinos incluida la calva, las pestañas postizas, el bótox al por mayor, los labios choriceros, las caderas bamboleantes, los canalillos oferentes y toda la parafernalia que decora la antesala del piso de abajo.

Mejor no mentar la soga en casa del ahorcado: mucho más sabio disfrazarla de liana de Tarzán y subirse en ella, a ver si hay suerte y el maromo no hace ascos a las reliquias. Total, son las únicas que tienen cash para pagar el taxi.

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