BERNARDO Y EL TEMBLOR DEL HÉROE

Hacía mucho tiempo que no caía en mis manos ni un personaje así  ni una historia de este tipo.

Huyo, por necesidad vital, de los intelectuales, los filólogos, filósofos,  profesores, pedagogos, escritores y poetas porque todos tienen en común algo que se me antoja falso de raíz: la palabra…, y solo y nada más que la palabra. Igual que los matemáticos no tienen más arma vital que los números. Símbolos todos rellenos del aire de los pensamientos, sin hoja caduciforme,  pergamino astroso o resto arqueológico que echarse a la boca. A pesar de lo cual, no sienten pudor alguno en enseñar sus posesiones léxicas, intangibles e inodoras,  al público circundante, como si creer que uno sabe más palabras que los demás fuera un chalet en la Moraleja o el parto de la esposa, eventos que obligatoriamente hay que airear. No reparan en que la sabiduría es íntima, hija de nuestra soledad y nuestro esfuerzo y su exhibición impúdica, una manera de llamar imbéciles a los demás.

Todos ellos viven y mueren por las palabras: aparatajes rellenos de nada, convertidos muchas veces en grandes  o pequeñas   mentiras cuyo único objeto es sacar brillo al ego maltrecho del que las usa: tengo un Ferrari, una amante carísima, un hijo tonto…

De entre los cientos de miles de libros, excluyo los manuscritos, que los hispanos escriben al año, tatuando palabras a diestro y siniestro, no debe de haber más que una decena o dos que merezcan la pena para los demás  y así, a fuerza de tragar aire repetido, inerte, sin más valor que servir de respirador a su dueño, me ando con cuidado a la hora de leer o escuchar palabras. El cansancio es tremendo y el tiempo corto, de manera que selecciono con gran cuidado lo que leo y oigo, no sea que me ataquen hordas de escritores de salón de casa o toreros de salón de calle empecinados en enseñarte con orgullo lo bien que te ponen banderillas, como si lo suyo fuera arte por decreto de su misma madre o, mejor aún, de una de sus abuelas.

Pero descubrí a Bernardo y a su padre, Pombo, amos ambos de todo tipo de palabras y maestros en el uso de casi todas, toreros de salón veteranos, con arte y poderío, herederos de los grandes, arqueólogos de sueños.

Bernardo no hace nada, salvo hablar, mientras su mecenas desgaja con estilo, con mucho estilo, florecillas y cardos de la filosofía y la teología a diestro y siniestro: Santo Tomás. Kierkegaard, Kant, San Agustín…  Todos los padres de las palabras, en masa, chorreando pensamientos profundos y citas cultas aquí y allá. Pero no molestan demasiado porque, como ocurre con la única fábrica de palabrería honrada, la Literatura, no pasa nada, o pasa lo mismo de siempre. La diferencia está en saber dar un buen pase de pecho, no en darlo, que escribir con Word sabemos todos y rimar en consonante, también.

Bernardo es el gran manipulador, el hombre serpiente, el encantador de ovejas, el alma malvada que escupe palabras que se enroscan en el alma de la gente y la obligan, a base de punzadas de aire, a seguir su voz. No hay otra arma tan poderosa como esa de manejar las palabras como dardos, como si no las hubiéramos oído nunca antes, como si detrás de ellas hubiera un sátiro escondido, dispuesto a saltar sobre nosotros, un violador de nuestra intimidad, un exhibicionista de placeres inconfesables, un carcelero de nuestros apetitos y necesidades etéreas.

Bernardo es malvado, fastuoso creador de trampas de aire que acaban fusilando a los pajarillos en sus redes. Y la ética no es capaz de liberarlos de la muerte por seducción, de la muerte por atracción sexual, intelectual y/o estilística.

Quizá la cama antigua de lana de Pombo, demasiado filosófica, con muchas jaretas y bodoques, sea excesiva, pero es el estilo de un clásico, repujado, lleno de segundas y terceras lecturas, plagado de recuerdos y alusiones a otros mundos, sutil a veces, hermético otras.

Magnífica en su conjunto, no hay que tener prisa en andar por el camino que se intuye desde el comienzo, pero que hay que hollar por uno mismo, recordando la mayor parte de las veces que se comparten los recuerdos de Pombo como si se hubiera respirado con él, degustando su capacidad de hacer estallar cohetes, aparecer sombras amenazantes o soñar los sueños de los demás.

Madrid en otoño, un “Madrid invernal, sepia y sonrosado: una media luna porosa, como un congelado mal congelado…” es el escenario de la relación íntima de las palabras de unos y otros, de la seducción malvada, del triunfo del  manipulador de las palabras, del amo del aire.

Álvaro Pombo, El temblor del héroe, Destino.

Premio Nadal de novela 2012.                                                         

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s