PERSPECTIVA

Hace algún tiempo, los actores bajaron del escenario al patio de butacas y se mezclaron con el público, casi al mismo tiempo en que los sacerdotes católicos dieron la cara, y no el culo, a sus feligreses y bajaron al presbiterio a dar la hostia y los profesores dejaron de impartir subidos en un tarima desde la que divisaban a toda la clase y a la que entraban con los alumnos en pie, en señal de respeto, y vestidos impolutamente de traje y corbata.

Fue hace algún tiempo. La “globalización” comenzó hace algunos años, antes casi de que en este país se  instaurara la última democracia. No era bueno establecer barreras. Los listos y los tontos debían estar en la misma clase, al profesor había que llamarle por su nombre y de tú, los curas no debían usar sotana, las tarimas debían ser quemadas, los uniformes, desterrados…

Todo ello está muy bien. Es fruto de un pensamiento noble que prefiere la igualdad de dignidad y de trato entre los hombres, pero a veces se olvida que esa igualdad, cuando es solo aparente,  es inútil y peligrosa.  Querer obligar a la realidad a parecerse a las utopías, no a convertirse en ellas, suele traer ciertos lodos. Hacer que los actores se mezclen con el público en el patio de butacas no convierte en actores a los espectadores y sí puede hacer que alguno, mal informado o carente de madurez o autocontrol, de perspectiva, destroce la obra interviniendo fuera de guión, actuando por cuenta propia y desluciendo el trabajo de la compañía, efectos indeseables  para  los que viven de representar, por muy amigos de igualar que sean.

Lo mismo pasa con la policía, a quien hoy día cualquier ciudadano se enfrenta y grita sin miedo ni respeto alguno. También la policía, a veces, sin respeto alguno, dispersa a los ciudadanos sean quienes sean y hayan hecho lo que hayan hecho. Todos iguales.                                          

Algunos  profesores , perdida su propia dignidad y su orgullo, comen por los pasillos y usan el móvil ante sus propios alumnos, colaborando a que la idea de ser todos iguales por abajo, es decir, por la falta de educación y la ignorancia, sea totalmente cierta. Los políticos se expresan como auténticos analfabetos y actúan talmente como delincuentes, los majaretas se hacen los amos de la tele, los mafiosos se pasean por el centro de las calles como si fueran de Fraga, de ellos, quiero decir, los que robaron, son indultados, los que trabajan, son castigados…

Los niños y los adolescentes no respetan a los mayores ni les cuidan ni escuchan. Los médicos son agredidos físicamente muy a menudo. Los chavales con problemas están sentados junto a los que no los tienen, sin entender nada, y esta sociedad hipócrita cuenta a las familias que tienen “apoyo”, pero no les cuentan que el apoyo consiste en tener dos horas de clase reales con otro profesor, mientras sus compañeros tienen cuatro o cinco, y pasar el resto del tiempo recogidos en el aula, con los otros, sin recibir ayuda ni atención alguna, perdidos entre la marabunta de los treinta y tantos y la posibilidad real del profesor de atender a la mayoría, si es que le dejan, que ya hace muchos años que no se les puede “expulsar” de clase y como tienen derecho a la enseñanza, todos, independientemente de que lo quieran ejercer, tienen que estar en clase, aunque su objetivo único consista en reventarla  minuto a minuto.

Que todos somos iguales es tan verdad como que son iguales el culo y las témporas.  No  somos iguales. Somos parecidos, semejantes, igualmente valiosos y respetables en nuestra dignidad, pero la cuota de esa dignidad no es la misma en todos los casos. De la idea de segregación, de discriminación, de racismo, de machismo, de cualquier ismo, odioso y repugnante, se ha pasado, casi de golpe, a la idea demagógica de intentar hacer que parezca real lo que no lo es y todos tan contentos. De valorar al listo como a un dios y marginar y despreciar al que no tenía las mismas capacidades intelectuales, hemos pasado a proteger al vago, a valorar sus logros nulos con las mismas notas y símbolos que valoramos al trabajador, no sea que el vago se frustre, se acompleje: hagamos que el que trabaja se sienta injustamente tratado y valorado, que es mucho menos importante. Y así nos va.

Y no es verdad que todos seamos iguales y que todos necesitemos el mismo tiempo en la consulta del médico ni que todos seamos honrados y solidarios, respetuosos y trabajadores. No, no es verdad. Por eso, con esta bendita globalización de las almas, esta pérdida de las perspectivas, lo que se ha conseguido en muchos casos, es la igualdad en la estupidez, en la violencia, en la picardía, en la desidia, en la falta de esfuerzo y de responsabilidad. Todos iguales, igualmente vagos, maleducados e ignorantes, empezando por los padres, que son iguales a sus hijos y les permiten hacer las mismas idioteces que hacen ellos, les defienden solo por ser carne de su carne y no se toman el tiempo mínimo de atenderlos, protegerlos y guiarlos, porque, claro, padres e hijos también son iguales. No es verdad que sea igual alguien solidario y trabajador que alguien que lo aparenta. No es verdad que sea   lo mismo un emigrante necesitado que un integrante de la mafia rusa y, por tanto, no es verdad tampoco que merezcan el mismo trato.

El problema es la simple pura y llana perspectiva. Hace muchísimos años, desde un palco de un teatro a la italiana, uno podía sentir que abajo, en el escenario, se había instalado una cortina invisible de pura magia que hacía que todo lo que pasaba dentro de ella perteneciera a un mundo de fantasía, intangible, un mundo en el que algunos seres humanos, diferentes,  representaban otra realidad paralela, imbuidos de un poder y una luz que les hacía semejarse a los dioses. Y uno, desde su perspectiva, creía que Mary Carrillo en  La vieja señorita del paraíso, por poner un ejemplo, era una diosa, una de las diosas del teatro, y te embrujaba su hacer y su decir y uno  admiraba su poder en aquel mundo divino que miraba resguardado allí a lo lejos,  desde su propia perspectiva.  Cuando las luces se apagaban y el telón caía, Mary Carrillo era en una profesional admirada,  una ciudadana que vivía fuera de aquella pompa de jabón y de magia que ella misma creaba con su esfuerzo y su profesionalidad. Lo justo era admirarla por ello y lo justo también era respetarla como conciudadana cuando no estaba trabajando. Olvidar  las perspectivas, educar a la gente en la ignorancia de los matices de la realidad, en la pura demagogia y la consigna del tipo que sea, es llevarnos a todos a este maremagnum donde se confunden buenos y malos, público y espectadores, delincuentes y políticos, padres e hijos, enfermos y sanos, trabajadores y vagos.

El único lugar en el que parece que aún no somos todos iguales es la administración de justicia, la única que administra premios y castigos haciendo diferencias entre ciudadanos de a pie y políticos, actrices de medio pelo y empleadas del hogar, ladrones de altos vuelos y carteristas de la Diagonal, manteros de cualquier avenida y traficantes de droga. Ahí no hemos igualado nada, ahí no somos iguales: el único escenario donde todo el público debería ser tratado exactamente igual, el patio de butacas de los tribunales de justicia, no reparte con equidad.

Quizá por todo esto, todavía hay miserables que trabajan limpiando en gasolineras de multinacionales, quemados por el sol y dando vueltas de surtidor en surtidor y de lavacoches en contenedor por un sueldo de mierda y, encima, cortan el agua de la gasolinera para que los gitanos no puedan llenar sus bidones. Los muy desgraciados se sienten solidarios con la desigualdad, con los que viven de los beneficios del trabajo de todos, del suyo propio, y de la especulación y  se sienten diferentes de los gitanos que viven sin agua corriente. ¡Gilipollas! Definitivamente, hemos perdido la perspectiva.

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