GALERÍA DE MENTIROSOS

No les sigo, no me importan. Me interesa mucho más averiguar de qué modo llegaron unos y otros a utilizar palabras como labios, o como estiletes, o como volantes de coche teledirigido, qué tipo de guiso les gusta o qué perfume se ponen para seducir.

El rostro de fauno clásico y venido a menos de Pombo, la nariz de boxeador aficionado de barrio marginal de Marsé, los ricitos a lo  julio Iglesias de Molina Foix,  la elegante miopía de helado de yogur de Javier Marías, la violencia antropomórfica y primaria de Muñoz Molina, el rostro dulce y atildado de Luis Mateo Díez, el óvalo caballuno de Sierra y Fabra, eternamente juvenil, la brillante redondez de Ruiz Zafón, la belleza escondida de Félix de Azúa o las pícaras ojeras y la nariz estruendosa de Eduardo Mendoza, mi amante favorito, me resultan mucho más interesantes y atractivas que sus palabras.

Al resto, una horda inacabable e inabordable de hombres y mujeres con diarrea léxica continua, empeñados en juntar palabras como quien limpia lentejas y, todavía más, empeñados en obligarnos a comerlas después, los veo pasar desde la tumbona de la terraza, sin mover un músculo, cansada las más de las veces de saber qué va a ocurrir, aunque lo que ocurra sea maravilloso, cansada de recordar bajo las letras la sangre de los muertos, cansada de que muchos se empeñen también en hacernos creer que lo que escriben es mucho más importante que lo que ya está escrito e infinitamente más necesario que el olor a boquerones fritos del chiringuito de abajo.

Mejor siempre envolverse en el mar que leer sobre él, mejor siempre indigestarse de percebes que mirar su foto de lejos, paseando ante la pescadería.

Me imagino a Paco, mi amigo Paco, y prefiero creer que no le daba importancia a lo que hacía, que vivía por encima de todo, que prefería la vida  a la poesía, o si no había más remedio, que la una era hija obligada de la otra, y no al revés. Me enamoré de sus piernas deformes en cuanto le vi: ni tiempo me dio de llegar al segundo soneto.

Pero cansada de leer hijas de la voluntad , remedos de otros remedos, me refugio en tres o cuatro mentirosos compulsivos y me solazo a veces, siempre que me quede tiempo entre mis visitas al mar y al chiringuito de abajo, con sus mentiras, hijas de su propia sangre, y si olfateo bastardos, abandono el tocho y me vuelvo a la vida. Miedo me da pensar que ambas son, la vida y las mentiras, igualmente bastardas. Hacedme el favor de no meter el dedo en el ojo y, si lo sabéis, callad.

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