AZAFATAS DE MUCHOS VUELOS

Hace unos días, buscando una cremita normal, pero capaz de atenuar la tirantez y la sequedad de la falta de hormonas y el paso del tiempo, sin demasiada esperanza desde luego, pero con paso seguro, estiré la mano hacia una cajita roja y dorada de una estantería impoluta de un centro comercial de lo más normal. A mi espalda, una sombra se movía expectante.

Me volví y la encontré: era una azafata monísima, vestida de blanco y negro, impoluta también, sonriente de foto, de edad media, movimientos pausados y voz grave. Me sentí vigilada porque me había estado vigilando. Me preguntó si era eso lo que buscaba y asentí.

Pero su solicitud era mayor que la pura curiosidad y me preguntó si sabía lo que había comprado, le dije que sí, que una crema, fundamentalmente porque tenía en la mano un cajita cuadrada donde lo ponía en inglés y en español. Pero ella insistió en si sabía la clase de crema que había comprado, y pensé: “Estoy en la sección de venenos o me acabo de presentar ante un tribunal de oposición y no me he dado cuenta “. El interrogatorio era feroz.

La estratega me fue arrastrando lentamente a fuerza de andar ella de espaldas hacia un mostrador que había justo al lado y que yo no había visto: estaba lleno de cajas en blanco y negro, haciendo juego con su uniforme. Y allí, volvió a preguntarme si sabía cómo actuaba tal o cual tipo de producto. Mi paciencia estaba empezando a resquebrajarse, pero, educadamente, aguanté el chaparrón. Me pidió la mano y pensé que habíamos llegado ya a punto de tener vida íntima. Me extendió una pequeña porción de crema en ella y me invitó a que viera los resultados. Eran los de cualquier crema sobre el dorso de cualquier mano. Pero ella entonces, en el ataque final, arremetió contra las marcas que había en el stand vecino: nos engañaban, nos estafaban y yo no sabía comprar. La bronca era magnífica, en voz baja y con una sonrisa, pero bronca al fin y al cabo. Si yo quería una hidratante, compre usted una hidratante buena, como la que yo vendo, pero esos de ahí la engañan porque le venden una que sí es, pero no es, bla, bla, bla. Una mezcla de robot seductor y perro de presa, de esas que se despeinan cuando hacen el amor o no cocinan para que no les huela el pelo a fritanga. Media melena, castaña oscura, falda por encima de la rodilla y el manual de los manipuladores aprendido de memoria y con buena nota.

Mientras la miraba, porque había dejado de oírla hacia unos instantes, pensaba si creía realmente que podía convencerme de que comprara su caja en lugar de la otra, pensaba si creía realmente que me importaba un pimiento lo que decía, pensaba cuánto ganaría intentando embaucar a mujeres algo mayores que ella buscando una cremita para engañar al espejo un rato, leía en sus ojos que yo era solo un conejo ante el hocico de un galgo, pensaba cuántas veces me habían intentado vender una crema, un roscón de reyes o una peineta,  con apariencia de querer mi bien y solo buscaban sacar partido, “comisión” para entendernos, pensaba lo difícil de saber si  quien te vende la crema te vendería el cadáver de su propio padre si con eso saliera ganando, lo difícil que es saber qué queremos decir o hacer cuando hacemos otras cosas, lo inaccesibles que son las intenciones humanas, lo delicado que es hablar si te importa qué va a interpretar el otro, porque el otro siempre interpreta , lo estúpido de nuestra vida de veteranos, incapaces de decir simplemente la verdad, incapaces de dejar de perder el tiempo en vender cajas en blanco y negro.

Estuve a punto de decirle. “Señora, métase la cajita en …  algún bolsillo, lávese el pelo y vaya a intentar manejar las neuronas de otra coneja”. Pero me callé. Sonreí con cara de haberme bebido un chupito de vinagre e inicié la marcha. Ella, que se supo perdida, intentó una última estratagema y me tendió una muestra de su poción. La debí de coger, pero en la marabunta de la vida he debido de perderla; a veces, todas las estratagemas son absolutamente inútiles cuando se esconde la verdad: no hay poción que pare el tiempo, por muy azafata que sea la encantadora de serpientes.

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