LA MUJER MUSULMANA

Madre de hijos adolescentes, todavía joven. En lugar costero, muy lejos de su país de origen, de vacaciones en medio de un mundo tan ajeno que ella y su familia chocaban tanto como una rubia en bikini rezando en una mezquita a la hora del  zuhr.

Entre cuerpos lechosos y cabellos dorados, el grupo magrebí brillaba como un trozo de carbón de encina en un mantel de lino impoluto. Era incomprensible su inmersión en las aguas del norte, en el mundo de las vacaciones salvajes, de la relajación, del ateísmo, de la indiferencia ante todo.

Pero allí estaban y no parecían temer nada de nadie. Entre los cuerpos de yogur en remojo por dentro y por fuera, casi desnudos, indiferentes a horarios y a protocolos, ellos reían con elegancia, con flema, paseaban, subían y bajaban, siempre sin ruido, sin alharacas de ninguna clase.

Pero un día, en la piscina, un bulto de colores, grande, inflado y fuera de lugar nos hizo pensar que un enorme peluche se había caído dentro y se bañaba  con  los gambas, guiris y demás visitantes del norte. Pero no, no era un peluche sino la mujer musulmana. Se bañaba y nadaba ente la gente,  embutida en una especie de sari con pantalones y capucha a juego.

Su creencia le permitía nadar entre los cuerpos casi desnudos, pero no le permitía desnudarse ni un poco para gozar del sol y no arrastrar las gasas empapadas de su bañador de buzo. Al salir de la piscina, no huyó, se quedó allí, sentada como la mayoría, al amor del sol o de la sombra, según los casos, esperando a que su cuerpo y esa segunda y aparatosa piel, la despojase un poco del peso y del calor. Parecía tranquila, como si lo que hacía no tuviese nada de particular.

Y a lo mejor no lo tenía, ni lo tiene. Mojarse con la ropa puesta fue la primera norma de conducta en las playas cristianas. Todavía, las mujeres gitanas de cierta edad se bañan en la playa  vestidas. Solo los descreídos europeos hijos del cristianismo de cualquier matiz han abandonado hace tiempo la contradicción de mojarse vestidos y, en algunos casos, han optado por formar grupos numerosos en los que bañarse y vivir desnudos es una norma común.

Alguien me dijo hace tiempo que nacemos y morimos solos, y yo añado que nacemos desnudos, pero solemos morir vestidos, y si no es así, nos visten después. Nos van llenando de telas y de moñas conforme vamos creciendo, de prohibiciones y ceremonias, de condiciones de uso, de artificios y colores, de moda primavera-verano, de maquillaje otoño-invierno, de look fashion divino de la muerte…

Y en esa ensalada de absurdos me perdí hace tiempo. No sé si me visto porque perdí la inocencia y eso hay que taparlo, si me visto para no provocar al salvaje incontenible que el macho lleva dentro (y que no necesita taparse para bañarse en ninguna religión a lo que parece) o si lo hago para mantener en pie la industria de la moda española, porque hace frío, porque el sol me quema, porque me da vergüenza enseñar las lorzas, porque está feo que se nos vea el culo, porque todos pareceríamos iguales y  no distinguiríamos a un cura de un fumador de porros, porque no tendríamos dónde guardar las llaves…

La mujer musulmana disfruta de la vida envuelta en las gasas de sus creencias. A mí no me duele más que porque nunca sabrá lo que es sentir el calor del sol en los riñones, como lo sienten sus hijos varones, como lo siente el más humilde e invisible de los lagartos.

 

 

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