CURRO EL PALMO

Conocí una vez a un hombre sin principios, ni finales, superhéroe fingido, artista de cartón.

Este genio del alambre tenía la costumbre  de no pringarse en nada, pero gustarse de catar todos los caldos, mejor sopas, que se le ponían a tiro con la estrategia de la pena. La estrategia de la pena es muy antigua;  probablemente de origen castellano manchego, consiste en acicalarse lo mejor posible, ponerse lo más sugerente y atrayente posible y después, en el momento crucial del encuentro casual, o buscado, adoptar un rictus de pena e inocencia conjuntas, con un toque leve de bobería y una pizca de feronoma en posición de ataque. Todo ello, bien llevado, da un resultado magnifico y libera de culpas y responsabilidades en la faena al estratega, que es de lo que se trata. También gustaba de catar coches y aparatos, pero para eso utilizaba la estrategia de la gorra rapera, que ya contaré otro día.

El susodicho, con esta triquiñuela, iba y venía de flor en flor, haciéndose la víctima de todas ante todas y todos. Añadía a su representación, una costumbre, fea e indigna por demás, que consistía, para reforzar el efecto, en contar a cada una de las flores las perversiones, aficiones sexuales, defectos, domicilios y demás familia de todas las otras, adoptando, según el caso, la versión  correspondiente: No la quería pero me daba pena, me obligó a que la acompañara, yo no hice nada ella: me buscó, es una guarra y yo no me di cuenta, si yo hubiera querido…, etc.

De esta manera, las solapaba de dos en dos, para que siempre hubiera más de un DIN A4 en el portafolios, por si surgía un imprevisto o una de los dos le mandaba a paseo, que ocurría en cuanto la estúpida de turno se cansaba del juego, se daba cuenta de que era un mequetrefe o se sentía tan herida en su dignidad y tan engañada que salía corriendo como alma que lleva el diablo.

A pesar de ello, el héroe inframundano las perseguía, de nuevo con la estrategia de la pena, a las dos, contando a cada una la versión subtitulada que correspondiese. De esta manera, llegó un momento en que todas sabían la existencia de las otras, conocían sus gustos sexuales, sus aficiones culinarias, domicilios, familiares próximos, propiedades y costumbres íntimas. Al cerdo disfrazado le parecía normal jugar a este juego con tal de tener algo que echarse a la boca, porque sin hacer trampas no conocía sistema alguno para sobrevivir.  Veremos después que el término “trabajo” se había acuñado mucho antes de nacer él y nadie se había tomado la molestia de explicarLe su significado.

Jamás se le ocurrió ser absolutamente sincero con alguna de ellas, arriesgarse, comprometerse, dejar de pensar en él y pensar en ellas. Para él solo eran muñecas que le proporcionaban sexo, tranquilidad, respaldo, ayuda, compañía. A todo eso él lo llamaba de manera rimbombante “familia”. Y lo eran: una enorme familia compuesta de un mequetrefe y unas cuantas mujeres de las que se había reído conjuntamente en alguna época de su vida y a las que jamás abandonaba del todo

Por ejemplo, mientras jugaba con A., le tiraba los tejos a V. , pero también se acostaba con D. Cuando simuló romper con D. para jurar amor eterno a V., engañó a V. inventando una historia de acoso de D., con lo cual podía seguir viendo a las dos y contando a cada una la historia de la otra, vengándose de una con la otra y manejando a la otra con la una. Decidió, después de tiempo de juegos y broncas, dedicarse a una sola, pero no duró mucho: en cuanto V. le mandó a paseo a fuer de sus mentiras, amenazas, broncas y chantajes mil, de inmediato se lió con S. Pero seguía intentando volver con V. ocultando que ya vivía con la nueva S. Volvió con V. y la ocultó que vivía y viajaba con S. Pero S. lo sabía todo e intentó manipular a V. Meses después de jurar que había abandonado a S., la engañó con S. de nuevo, yéndose con ella a Cuba en un viaje relámpago mientras V. acudía a una ceremonia familiar…, y así, hasta el infinito.

Como parecía no tener bastante, extendió el negocio a su trabajo y amigos y de esta manera, simulaba ir a trabajar, pero no iba, contando que estaba enfermo a V. y a quien pillaba y quedándose, en el fondo, viendo la televisión y jugando al mus en el ordenador o visitando páginas pornográficas durante noches enteras. Esta actividad, que ocultaba si podía, la llevó a acabó toda su vida, incluyendo el ligoteo en chat y otras hierbas, de manera paralela al resto de sus estratégicas actividades. Era lógico en un hombre que, de manera inmediata, mientras juraba que se tiraría por el viaducto si no tuviera barandilla de seguridad,  si V. no le perdonaba y volvía con él, a escondidas, se apuntaba a páginas de búsqueda de parejas en un decir amén, o buscaba a antiguos amores de adolescencia en la web de su colegio. Cualquier cosa con tal de estar con varias, aunque fuera de mentirijillas. Se quedó sin trabajo, claro está, pero tenía suerte el ladrón y pillaba de vez en cuando alguna herencia familiar de niño bonito o daba un par de sablazos, arte en el que era un genio.

Claro, con este vaivén, nunca le dio tiempo a valorar si realmente la estrategia merecía la pena, sobre todo teniendo en cuenta que el muchacho ya no era ningún niño y que se estaba pochando rápidamente a fuerza de vicios y noches en vela. Curro, que además, tenía la habilidad de ser de donde le venía en gana y de esta manera había sido gallego, sobre todo, madrileño, madrileño del sur y, si me apuras, ceutí, también tenía la habilidad de ser de izquierdas y de derechas al mismo tiempo, amigo de Ruiz Mateos y camarada de Lenin, sin que se le moviera de rubor y vergüenza ni una sola pestaña.

A esta acumulación de nada, a este mejunje de insensateces, a esta parvada de mentiras jamás le tocó la hora de entender y desapareció del éter ambiente en una explosión  de aire de la que no se enteró ni el Tato.  Queda su romántica leyenda. Telón. Aplausos.

 

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