DE ONGES Y PARCHES

Hace algún tiempo conocí, y todavía conozco, a algún “propietario” de ONG. Y digo propietario porque a pesar de que se presentaba como un ser altruista, entregado a la ayuda al prójimo, superior a los demás en moralidad, generosidad y entrega social y vocero a menudo de la necesidad de que todos colaborásemos en labores del mismo tipo, era el titular de una empresa que cumplía todos los requisitos legales, tenía un sueldo adjudicado por la directiva de la propia empresa, que era él mismo, dos personas más que también cobraban un sueldo medio-alto, y recibía un tanto por ciento de los presupuestos generales del Estado, que pagamos entre todos los egoístas, inmorales y duros de corazón que éramos el resto. Ni era pobre, ni pasaba calamidades. Vivía como cualquier ciudadano de clase media alta. Su trabajo se parecía mucho al que hacen miles de conciudadanos dedicados a labores sanitarias, pedagógicas o sociales, con el mismo horario, cobrando un sueldo muy inferior al suyo, atados a la voluntad y la organización de terceros y faltos de cualquier reconocimiento  social. La única diferencia era que su empresa no podía obtener beneficios al margen de los sueldos de sus empleados, vamos, como  los demás ciudadanos de a pie que tampoco obtenemos más beneficio que cobrar un sueldo que tenemos que estirar como si fuera un panty.

No sé si el resto de las ONGes  se atienen a los mismos cánones, pero lejos de entender la plaga de asociaciones de este tipo y arriesgándome a recoger el odio y el desprecio generales, digo que estoy en contra de todas ellas desde el principio de los tiempos.

En un estado liberal no cabe que el Estado subvencione empresas particulares, pero lo hace y nos parece normal. Lo malo es que no subvenciona a todas las empresas particulares, solo a unas pocas. Ahora a los bancos, pero llevamos siglos pagando entre todos las pérdidas de parte del tejido industrial del país y de otros tejidos menos industriosos. Parece aberrante que el capitalismo, defensor de la iniciativa privada y del que cada palo aguante su vela, siga subvencionando colegios de ideología dudosa, o claramente retrógada y fascistoide,  con el dinero de todos, y estos sí obtienen beneficios porque no se les considera ONGes, que lo son para los dueños sin ninguna duda.

¿No sería más lógico y más barato que los propios estados se hicieran cargo, directamente, de las desigualdades, de las fragilidades, deficiencias, penalidades e injusticias de la sociedad? ¿No sería lo lógico que el Estado se haga cargo de las diferencias sociales de manera estricta, clara y ajena a intereses, ideologías o iniciativas privadas? ¿No pagamos las ayudas entre todos? ¿Por qué no es el administrador de esos impuestos, sin intermediarios, quien se hace cargo de manera tajante e irrenunciable de esos problemas? Es el Estado quien tiene la obligación moral de atender las necesidades de todos los ciudadanos, distribuyendo los presupuestos con justicia y generosidad, ateniéndose a la constitución y respetando las leyes. Todos debemos disponer de una vivienda y es el estado quien debe proporcionarla, así como un puesto de trabajo, un puesto escolar y una debida atención sanitaria. El Estado, y no las ONGes, son responsables de atender todas esas necesidades y atenderlas con equidad, dando cuenta al final de cada legislatura de la utilización de cada euro y de los resultados obtenidos.

A lo mejor, de ese modo, se eliminarían sospechas y susceptibilidades, entre otras, la de la posibilidad remota de que una ONG, o todas, acaben apoyando al órgano que les procura la subvención  aunque sean contrarías a su labor e ideología, por poner un pequeño ejemplo que podría estar ocurriendo en este o en algún otro país menos … democrático. De esta forma, sociedades que nacieron para ayudar, en algunas ocasiones se han convertido en  empresas descomunales,  no hay más que recordar la labor altruista y subvencionada por todos de la iglesia española, o más pequeñas,  donde mentes y cuerpos privados administran a su libre saber y entender los bienes comunitarios. ¿No sería más lógico y más barato que los Estados que quisieran ayudarse enviasen a funcionarios  para hacerlo utilizando los fondos de los presupuestos habilitados para ello? Funcionarios, presupuestos y justicia social.  Todo lo demás  es sospechoso, desde la utilización de voluntarios en labores que deberían hacer profesionales pagados, hasta la sensación de felicidad y paz interior que parece proporcionar la posibilidad de sentir, y decir, que uno colabora con una ONG, cada vez más parecido a la moda de hacer yoga o de ir de compras a Nueva York, sobre todo, porque los pobres del primer mundo no suelen tener la posibilidad de irse de “oenegeciones” a África, dejar de trabajar o dar parte de su sueldo mensual, miserable, para ayudar a otros más miserables  a magníficos intermediarios internacionales.

Las verdaderas ONGes son las que hace cada uno en silencio, con su tiempo y su dinero, con su compromiso callado y diario. No hacen falta subvenciones ni palabras: ayudar a los demás está al alcance de todos. Hay mierda, con perdón, en todas partes en tal cantidad que sobra para que podamos todos mancharnos las manos.

Lo más terrible de todo este esfuerzo de hombres y capitales es que se dedica a paliar las consecuencias de la injusticia y no a acabar con sus causas. Ese es un hueso muchísimo más duro de roer. Y una conversación para otro día. Pongamos parches mientras tanto.

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