MIEDO

A veces, al mirar atrás, y se mira más a menudo cuanto más largo es el camino a nuestra espalda, uno se va dando a cuenta , como a ráfagas o a explosiones, de lo que   se ha dejado en la cuneta, de lo que no vio cuando pasó al lado, de lo que no entendió cuando lo leyó.

Y va uno echando cuentas, a ver si le salen o están en números rojos, y recuerda cómo aquella persona tan tierna y tan dulce lo engañó con sus zalamerías y sus palabras de miel durante siglos y siglos y lo dejó seco, como al olmo de Machado, sin sangre ya en las venas ni sentimientos en el corazón. O cómo aquella otra que parecía boba, que no hablaba ni pedía, le hizo luego el mejor regalo que se pueda ofrecer, o a aquel anciano desdentado que le dio el dato más importante de su vida, o cómo aquella  niña, tan  parecida a la madre perdida, le hizo llorar…

Y empiezan a levantarse de las cunetas los rostros y los cuerpos de muchos de los que pasaron por nuestra vida y no miramos ni abrazamos ni escuchamos.

Y de repente, se da uno cuenta de que aquel hombre hubiera sido un compañero maravilloso si le hubiéramos dado la oportunidad porque tenía todas las virtudes que hacen falta, pero también nos damos cuenta de que el miedo al compromiso nos paralizó, como nos paralizó el miedo cuando pudimos romper aquellos papeles que cambiaron el rumbo de nuestra vida y nos llevaron de matamalo a matapeor, y aun intuyéndolo, no nos atrevimos a decidir, así, a lo bestia, delante de todos y a pesar de todo.

El miedo nos obligó a intentarlo de nuevo por no estar solos, nos llevó a mentir para que ella nunca supiera que no teníamos valor para comprometernos, nos impidió arriesgarnos de nuevo, nos empujó contra el muro de la soledad o de la intolerancia, por terror a que lo que no entendíamos nos hiciera daño. Y por miedo hemos ido perdiendo muchos de los minutos de nuestra vida, por miedo a equivocarnos, a arriesgarnos, a no ser perfectos, a que nos criticasen, a que no nos entendiesen, a que no nos amasen.

Pero ahora ya no hay nada que temer. La amiga que nos lleva esperando toda la vida está más cerca de lo que estuvo jamás, es la única amenaza que nos pueda asustar. El camino es corto, no hay meandros, sabemos usar  el bastón y sabemos exactamente a dónde vamos, nos queda poco tiempo y no podemos perderlo en ensayos ni fruslerías, las imitaciones no tienen ningún sentido ni los disimulos van ya a ninguna parte. No tenemos tiempo para tonterías. Solo lo verdaderamente auténtico y valioso tiene cabida en nuestro horizonte. Lo demás no importa. Lo demás quedó atrás como agujeros negros de nuestra vida, como pagos de nuestra estupidez, como impuestos de Hacienda que no entendemos muy bien, pero que nos dejan el bolsillo y el alma acongojadas, víctimas inocentes de agresores desconocidos y absurdos.

Ya nada se interpone entre nosotros y nuestros deseos. Ya no importa la opinión de los otros, ni sus intereses ni sus necesidades ni siquiera su dolor: hemos invertido en ellos parte de nuestra vida y no hemos recibido demasiados intereses a cambio de nuestra inversión. Ahora hay que ir a lo seguro, hay que pagar y cobrar en metálico. Basta de préstamos a largo plazo con enormes intereses, basta de promesas, de ilusiones, de suposiciones, de posibilidades. Llegó la hora de perder el miedo al aquí y al ahora: es el momento de vivir, de ser egoístas, de exprimir el zumo de los gajos que quedan, no sea que el resto de la naranja no haya servido para maldita la cosa. Ya no hay planes que hacer ni promesas que cumplir ni que esperar. Nuestra es la vida y la libertad y hay que ser rápido y seguro antes de que empiecen a temblar las manos, no veamos claramente el horizonte o no se sepamos ni siquiera cuál de las luces que brillan a lo lejos nos llama con el corazón abierto y un asiento en la mesa con nuestro nombre, olvidado, en su cabezal.

Oigo música, voy a ello. No tengo un minuto que perder.

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