SUCIOS HORTELANOS

 

He conocido a varios. Y todos hombres, aunque no descarto que haya mujeres que sean aficionadas al cultivo de cochambres, enseres y otras hierbas.

Estos aficionados al arte de la siembra sin agua ni sol, sienten que la naturaleza es sabia y se hará cargo, tarde o temprano de sus sembrados, sin necesidad de mover un dedo ni dedicar un instante al riego, desinsectación, poda, arado, siega, abono ni labor alguna.

Por donde pasan, siempre en lugar cerrado o recogido porque suelen ser huertanos de invernadero y suele gustarles luego mucho el baño, la ducha y la perfumería para uso personal, van dejando restos y rastros de su impronta, grandes y pequeños, útiles e inútiles, limpios o sucios, de manera que es fácil seguirles la pista, saber por dónde han pasado o reconocer el hábitat sonde se cobijan.

El huertano estepario suele tener tics y costumbres idénticas, por lo que es fácil reconocerle entre la maraña de aficiones y oficios de nuestra sociedad.

Según entra en la vivienda, morada, cueva o invernadero, tira las llaves a un lado, con gesto sonriente, y la chaqueta, chupa, americana o sudadera, al otro, sin borrar la sonrisa de la boca, que se desdibuja cuando alguien le reconviene por su acción; entonces se vuelve agresivo y huraño, tuerce el gesto y desfila hacia el servicio argumentando una necesidad perentoria que le impide recoger las simientes que acaba de plantar.

Pero esas no son importantes porque la siembra en lugar de paso no cuaja y a base del trasiego de  unos y otros, del azote del viento y de un resto de vergüenza torera, sobre todo si se esperan visitas, acaban por recolocarse.

Lo malo es su territorio, el que domina a su antojo: su huerto privado, compartido o no con otros. El sentimiento, incomprensible, de que dejar los trastos en el lugar que les pertenece es una tarea inútil y ofensiva para un ser digno y que hacerlo supone un esfuerzo ciclópeo imposible de asumir, es el lema de su vida, además de la esperanza de que alguien lo hará por ellos y, como remate final, la indiferencia absoluta ante los montones de ropa sucia, los zapatos dispersos por la habitación, los cepillos de dientes viejos almacenados en un vaso, las toallas por los suelos, los CDes plantados entre la alfombra y la cama, los pañuelos de papel fuera de la papelera, los bolígrafos sin caperuza y sin tinta pululando por las mesas y las sillas, los globos a medio desinflar conviviendo con los restos de una hamburguesa, los papeles de algún envoltorio arrebujados entre la mesilla y la silla, los abrigos del revés tumbados sobre los patines en línea,  los tubos del papel higiénico haciendo guardia en las estanterías, los destornilladores entre los calzoncillos y las cartas personales…

Imposible de imaginar si no se ve: montones y montones, grandes y pequeños, de trastos, artilugios y ropa que se mezclan en un basurero doméstico y que se expanden por toda la casa a no ser que se marquen fronteras y, si no se puede entrar, no se les deje salir. Pero han de tomarse medidas enérgicas, porque la maraña plantada amenaza con invadirlo todo y no te deja más solución que llamar a policía y bomberos. Unos para que se lleven los frutos hortícolas y otros para que se lleven también al hortelano.

Si tiene pareja, la solución, antes de que la poda se haga necesaria , es el divorcio tajante. En el resto de los casos, caben otras opciones que pueden llegar a la venganza: se espera a que el hortelano se vaya a vivir a su casa, a un huerto privado completo y pleno, y entonces, se traslada uno allí, como que no quiere la cosa, y se le van plantando sus propias coles por todas partes. No falla.

La parte más oscura se da cuando el hortelano  ya no es joven y encuentra en almacenar basuras lo que no encuentra ni dentro ni fuera de sí mismo, se entierra en ellas hasta no poder salir, se desconecta de todo y acaba en manos de los servicios sociales o algo peor.

Falta la lucidez para comprender que el entorno es vital para la salud mental de cada uno y que vivir entre la belleza y la armonía, sin necesidad de nada más y por sencillas que sean, predispone a  la higiene mental y lo contrario es ya, por sí solo, un síntoma de pereza extrema, de indiferencia , de dejadez, cuando no  de soledad, de depresión y hasta de locura.

Así que… ¡ordenad y limpiad las casas, leñe, no seáis tan guarros!   

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