NAÚFRAGOS

A patadas. Entre  los casi cincuenta y los más de sesenta. De todos los sexos y tendencias. Pululando por bares y discotecas, en los chat, en los gimnasios, en las cafeterías, a media tarde, a media noche o de madrugada.

Dan vueltas y más vueltas, visitan sitios como clientes fijos y se atreven con otros que no conocen. Huelen a perfume caro, de marca de la tele, bien vestidos, toque moderno en los pelos y un no sé que qué se yo en el atuendo, mitad informal, mitad moderno, mitad cultureta. ¡Demasiadas mitades!

Todos buscan algo, pero no se sabe qué con precisión. Su deriva se apoya alternativamente en el otro sexo, sea el que sea, la copa, la conquista del jovenzuelo o jovenzuela sin pagar, los viajes a Egipto o a Vietnam, los caminos de Santiago, el fen sui, el yoga, el reiki, la ópera, los museos, los garitos de mal ambiente, los baretos de emigrantes de Lavapiés o cualquier lugar donde haya gente, mucha gente y variada.

No trabajan ya o nunca trabajaron. Tienen lo suficiente para gastar los fines de semana en una copa o en un viaje de vez en cuando. Y están solos. Terrible y tremendamente solos. Todos.  Intentando nadar a favor de la corriente en la esperanza de poder agarrarse a algún palo de salvación.

Buscan salvarse de no saben qué, del paso del tiempo quizá, de la propia soledad que dicen algunos desear fervientemente, del miedo a oír el eco de su propia voz en su propia alcoba, de no saber si lo que sienten es bueno o malo, de ponerse enfermos y no tener con quién llorar, de no poder presumir de nada delante de nadie, de no estar divirtiéndose todo lo que es necesario divertirse, de no ser suficientemente liberales, o modernos, o cultos o activos, o reflexivos o simpáticos, o atractivos, o sugerentes…

No ven faro alguno, ni bahía, porque su andadura es cíclica y no tiene fin. A veces, uno de ellos desaparece y se comenta entre el paisanaje que algo malo le ha pasado, pero no se piden detalles, no vaya a ser… Otros imaginan que ha encontrado viruelas a la vejez y anda disfrutando de ellas, otros que ha entrado en depresión profunda e irreversible y que ya no saldrá de su alcoba jamás.  Estos ausentes vuelven  a buscar a los compañeros de navegación cuando les abandonan las viruelas o, por el contrario, se evaporan entre el humo del olvido. Hay tantos que es imposible recordarlos.

La vida larga y el ocio excesivo no pueden ser buenos: muchos de los que padecen ambas enfermedades no saben en qué invertir las sobras. Quizá si observasen con atención verían que en tierra firme hay otros muchos a quienes no sobra nada y abren los ojos asombrados mientras les ven pulular por la vida como naúfragos a la deriva de su propia abundancia.

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