RULETA RUSA

Uno a veces se juega la vida con auténticas ruletas rusas con apariencia humana, porque uno no sabe nunca si en la próxima tirada estará la bala que nos partirá el corazón.

Son esos locos solitarios que juegan con sus propias reglas, que ensayan sus propias trampas y que despiden un aroma a peligro tan atractivo o más que cualquier ración doble de la mejor producción de feromonas. Los hay de todas las ramas y sexos. No hay que preocuparse por ello. Pululan por la vida con apariencia de elfos, pero ocultan tras la sonrisa de sueño de una noche de verano un peligro tan grande que nadie puede imaginar hasta que ya es demasiado tarde, hasta que la jugada ha comenzado y es prácticamente imposible escapar.

La trampa no se descubre hasta que el revólver cargado ha pasado de una mano a otra varias veces, hasta que uno se da cuenta de que no buscan lo que tú buscas, ni entienden lo que tú entiendes. Las lianas de sus ojos  de pupilas transparentes se han llenado de ti y tú de ellos, buscando el fondo de raíz firme donde asentarse, pero en cambio, has ido a caer en el pozo vacío y oscuro del vértigo más inquietante. La caída libre no tienen fin. No hay caverna ni laberinto subterráneo, no hay misterio que resolver, ni urna que desenterrar. Sencillamente, no hay nada. Solo un revólver cargado de pólvora preparada para estallar en el momento preciso, cuando a su dueño, tras vueltas y vueltas y más vueltas, se le ocurra pasarte su juguete y pedirte que dispares, igual que lo ha hecho él. Y lo harás y ya no sentirás nada más, nunca más.

Gana la banca.

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