RELATO DE UN SÁDICO

Sonreía cuando la veía sufrir. Así de sencillo. Disfrutaba humillando y pisoteando a cualquiera que, en su  opinión, hubiera osado ofenderlo. Gritaba entonces e insultaba como si fuera una furia enardecida, se desencajaban sus facciones como si fuera el terrible Hulk, su voz se volvía ronca y oxidada, sus palabras se clavaban como puñales sin piedad alguna en el alma de aquella estúpida que le plantaba cara.    

Y siempre ganaba. Su crueldad y su maldad eran muy superiores. Tenía, además, muchísima experiencia: había practicado desde niño el arte sutil de machacar a quien le amaba e incluso a quien no le importaba nada, fuera quien fuese, doliera a quien doliese, acostumbrado como estaba a que solo existía él en el mundo de este segundo principito medio loco.

Sabía, o intuía, que quien le quería jamás pisaría cierta línea de pudor y de respeto imaginaria, pero él la desconocía  y quizá por eso la pisaba día sí y día también, sin remordimiento alguno. No había crueldad ni bajeza en cielos y tierra que no fuera capaz de escupir, preso de la cólera y la soberbia. Parecía un zeus cualquiera, con los rayos en la mano, disparando una y otra vez cuantas maldades y miserias era capaz de imaginar, falsas o ciertas, pero todas mortales.

De este modo, no paraba hasta conseguir que su víctima se desmoronase ante él, como un muñeco roto, destrozada por el dolor y la incredulidad, incapaz de entender de dónde salía aquella saña imparable, aquel odio sanguinario. Y cuando ya vencida, en el suelo, herida de muerte y sollozando imploraba piedad, la sonrisa atravesada del monstruo y un retintín chulesco daban por terminada la cuestión. El sosiego volvía y volvía a su corazón el amor, como si nada hubiera pasado, como si solo se hubiera tratado de una anécdota más.

Un día se quedó solo, definitivamente rotos todos los muñecos que había a su alrededor, y no teniendo ya a nadie a quien vencer y luego sonreír con aquel tufillo de triunfo en la boca, el sádico, pobrecito, empezó a llorar por primera  vez.

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