PITINGOS

El azar o la suerte, la mala, los unió, los enfrentó, los encajó, como se encajan la noche y el día, sin saber cómo, pero fatídica, estrecha y obligatoriamente. Estaban allí, donde quizá no debían, al mismo tiempo, a la misma hora. Y estalló la tormenta perfecta de las miradas de fuego, de las mariposas en el estómago de toda la vida, de la locura, la dependencia y la pasión.

En otras circunstancias, se hubieran odiado. Eran polos opuestos, agua y aceite, blanco y negro, frío y calor. Lo que era normal para uno, era un tormento para el otro, lo que era inocencia, era maldad para su enemigo, lo que era lógico para él, resultaba absurdo para ella, lo que era mentira para uno, parecía una verdad absoluta para el otro… De la rígida moral a la falta absoluta de ella, de quien se hace a sí mismo a quien no tiene empacho en dejar que le hagan los demás, de quien oculta a quien mataría por ocultar, de quien odia el insulto y la ofensa a quien lo usa como pan diario, de quien trabaja a quien duerme, de quien se ríe a quien llora. De uno a otro polo de la vida y de la muerte, fue el veneno del rencor y la desconfianza, de la violencia y el desamor, creciendo dentro, sutilmente, aviesamente, lenta e incansablemente.

Y se alejaban intentando apagar la rabia que corroía los cimientos de su casa encima del árbol. Pero volvían porque seguía ardiendo el fuego en su interior, aún quedaba esperanza, cada vez menos, pero  la locura les unía y les separaba y no se acababa nunca…, hasta que se acabaron y se apagaron ellos.

No hubo suerte. Un día, la tormenta que rugía sobre ellos desde tiempo inmemorial, se desató sin previo aviso. Y todos los papeles, las cartas, los juegos, los besos, las canciones, los recuerdos, las promesas, las mentiras, las intenciones, las locuras, los intereses, los miedos y las miserias volaron por los aires como empujados por el torbellino de un huracán. Y luego, el viento del desierto peinó poco a poco el paisaje, dejó la arena y el sol como único escenario, el silencio y la soledad, la calma y el sosiego.  Dejó los sueños relajados, las miradas adormecidas, los corazones tranquilos, los puños seguros y la conciencia limpia y blanca como un amanecer de invierno. El combate, largo y continuo,  había terminado.

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