1977

Mientras Paul McCartney cantaba  su amor al lado de su grupo y de su primera mujer, en España Carrero Blanco asumía las funciones de jefe de estado. Sería ajusticiado por ETA inmediatamente.  Voló su coche por encima de las nubes, de los árboles y de las cornisas y cuando por fin se aposentó en el tejado de aquella famosa iglesia, la sombra del chasis todavía asustaba de tan larga, tan poderosa.

Algunos estábamos, por aquellos años más o menos,  con un pie en el estribo del mundo laboral, con una mano en el pomo de muchas puertas a las que llamar buscando un futuro lejos de las carreras delante de  los “grises”, muy pocas en mi caso por  pura cagalera de miedo, tierna como una paloma aún mi carrera, deseosa de encontrar en el mundo que yo esperaba, soñaba y construía poco a poco desde la infancia, el cobijo y la seguridad, el desarrollo y la fuerza para seguir adelante.

Pero no fue fácil. Entonces tampoco fue fácil. Antes de morir, en 1975, Franco todavía había tenido fuerza para firmar cinco condenas a muerte, tan tranquilo, con su Parkinson encima, sus gafas de sol y su voz de trapo. Arias Navarro le acunaba y el que sería rey de España y todavía lo es le guardaba las espaldas mudo e inmóvil, observando con frialdad ajena los vítores de la Plaza de Oriente.

No fue fácil. El miedo de tantos años flotaba en el aire como una niebla espesa. Nadie sabía o si lo sabía, no formaba parte de la caterva de españolitos jóvenes que deseábamos otra vida, que habíamos vivido la esperanza de otro mundo en la Universidad y no habíamos, sin embargo, vivido la guerra. Era un miedo escuchado entre susurros, aprendido entre consejas  e historias antiguas y sufrido con censuras, moralinas hipócritas, amenazas, gritos de “dispérsense”, detenciones de amigos, rumores, sospechas, sociales chivatos, cargas  de las fuerzas de orden público y disparos accidentales aquí y allá. En 1976, el  actual rey entrega la presidencia del gobierno a Adolfo Suarez y un año más tarde, algunos recibíamos ilusionados a los poetas del 27, todavía vivos, ancianos, desgastados, pero empeñados en los suyo y en lo nuestro, en el primer homenaje que se les hizo en la celebración del cincuenta aniversario de su generación.

Pero tampoco aquello fue fácil. No había caminos hechos, había que hacerlos. Este país estaba surcado por dentro y por fuera por redes y telas de araña invisibles cuajadas de mentiras, de miedo, de sangre, de amenazas, de injusticia y de dolor.

Y hoy, 35 años más tarde, sigue siendo difícil, sigue habiendo redes de basura maloliente por encima y por debajo y sigue siendo imposible que los fantoches de siempre, cargados de medallas, bandas y carteras despejen el camino para los que vamos de frente, con las manos vacías y la esperanza en jaque. Hoy todavía hay gente que no asume su culpa, ni su responsabilidad, patanes que lloran porque van a perder su dúplex comprado con una hipoteca basura que nunca podrían pagar con el sueldo de un peón de obra. Pero los de las carteras les hicieron creer que era posible su sueño, sin más esfuerzo que poner un garabato al fondo de un papel lleno de letras hormigas. Y sigue habiendo quienes  se  lo llevan a Suiza, igual que entonces,  y se ríen en nuestra cara , como si la mayoría de los que le han llenado los bolsillos de millones fuéramos basura de una clase inferior, alimentos caducados o hamburguesas de vinilo. Y sigue habiendo palos por las calles, y gente asustada y sin futuro  e injusticias, mentiras, cobardía y miedo. Y no hay trabajo para la mayoría, aunque la minoría se baña en billetes de a mil, como en los chistes de La Codorniz.

Yo ya no puedo ni quiero correr ante nadie, ni esperar a que nadie se muera. Quiero ver el camino libre ya y me sobran todos los fantoches y sus mentiras, los delincuentes macarras y sus delitos, los peones de obra de unos y de otras, las peleas de patio de colegio delante de todos, vía satélite, y todo lo demás.

No hay que tener miedo. Los fantasmas no vuelven, los campos están por sembrar. Solo hay que encontrar el camino para despejar el horizonte y seguir adelante. La ignorancia y el olvido no son buenos  compañeros, my love.

 

 

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