BAILANDO HASTA EL FINAL DEL AMOR

Me dijo el otro día un amigo, un hombre, que los idem lo único que desean de una mujer  en el fondo es follar , con perdón, y que les dejemos en paz y no les molestemos. Añadió, muy ufano, que las mujeres a su vez lo único que deseamos es que nos hagan sentir como si fuéramos unas reinas y también algo de sexo de vez en cuando. La conclusión que sacaba es que la gente que se sabe su papel y no pide más ni se sale de él, consigue tener relaciones felices y duraderas.

Claro, la teoría es buena y muy aceptable en parte. El problema es qué hacer cuando el hombre, o la mujer, son raros a tal extremo que para sentirse satisfechos necesitan, además de follar o sentirse como una reina, hablar, compartir o establecer compromisos. Mi amigo no entendía la pregunta. No se necesitan compromisos para estar con alguien, se está y punto pelota.

Poco a poco he ido entendiendo por qué parejas que me producen repugnancia extrema porque es evidente que se engañan y faltan al respeto mutuamente de muchas maneras no violentas, pueden sobrevivir con una sonrisa en la boca y sin átomo de amargura o arrepentimiento: no establecen un solo compromiso a lo largo de su relación. Simplemente, viven, hacen lo que les parece y la parte del otro que no les interesa o les molesta, la comparten con quien quieren o la ignoran.

Me diréis que, al contrario de lo que piensa mi amigo, esas relaciones no son duraderas, pero yo os aseguro que las otras tampoco lo son. Conozco muchos casos de personas comprometidas, fieles al extremo, cariñosas y entregadas a su gente que han sido sistemáticamente maltratadas, manipuladas y engañadas por su pareja y su relación se ha acabado rompiendo igualmente.

El problema no es lo que hace uno hace o dice, sino lo que uno es. Y uno es lo que es y no  puede cambiar. La mentira, que es el origen de todos los males, tiene mucho que ver con todo esto. Si un hombre te dijera, de entrada y sin tonterías, que lo que quiere es irse a la cama contigo o que le hagas la cena, o si tú le dices a él que lo que te importa es que te traiga dinero a casa y no quieres acostarte con él, de una manera rápida y fácil cada uno escogería el palomo o la paloma de su gusto, sin perder el tiempo en dimes ni diretes ni en engaños de tipo alguno. Pero parece que nos divierte el juego del escondite y en esa batalla incruenta, caen muchos heridos por el error.

Mi amigo tiene razón. En el fondo todos los hombres buscan la cama y la tranquilidad y no quieren escuchar ni aguantar la verborrea y las lágrimas femeninas. Y a las mujeres lo que verdaderamente les gusta es presumir de los regalos que su pareja le hace y de lo amable y cortés que es con ella, aunque a la hora de la intimidad estén deseando que se vayan a su casa o se queden dormidos viendo el fútbol para librarse de ellos.

Ganaríamos mucho tiempo  y seríamos más felices buscando pareja por medio de empresas especializadas, respondiendo al cuestionario sinceramente, que no suele ser lo habitual, y probando un poquito antes de lanzarnos al río, no sea que el fondo esté lleno de piedras y nos quedemos tontos de por vida a resultas del planchazo.

Hay otra posibilidad, dura, pero muy cómoda y sana: la del convento.  En vista de lo superficial y poco estable que es el tema, sale más barata la vida contemplativa, auxiliada en las bandas por la moderna tecnología que ofrece posibilidades sin cuento en todos los aspectos. Con eso y extirpar las células de la memoria, que duelen dar bastante la lata, se acabó el problema. Al loro.

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