BAILAR

Sé de una mujer relativamente joven, de buen ver y mejor tocar, morena, esbelta y que se desliza por una pista de baile como una canica por una mesa de comedor, que va a separarse de su marido.  El mencionado es algo mayor que ella, es verdad, pero mantiene el arco pectoral y estomacal en perfectas condiciones de revista y no se le ha caído ni un pelo de la cabeza, ni siquiera de tonto, aunque, eso sí, los tiene casi blancos, de estupor, de cansancio o de resignación, quién sabe.

El marido de la danzarina es prudente, pero engreído, pausado y suave, pero, me temo, algo desafinado en el movimiento de las piernas. Él baila, pero no como ella, jamás como ella. Le faltan cientos de kilómetros de agilidad y de gracia para llegar a ponerse a la fila de los pretendientes bailarines y danzantes de su admirada esposa.

Y ella no lo puede soportar. Atrás se quedaron los tiempos de ir de compras para llevar el modelito más impactante, la peluquería de moda, el cochecito en la puerta… Y no digamos de las tardes de siesta, los paseos de domingo, las terrazas de verano. Se perdieron luego en la memoria los abrazos y las caricias, la paciencia, el sexo, las conversaciones nocturnas…

Ella desde hace tiempo solo vibra, solo disfruta, solo se siente viva, bailando. Y su apagado esposo ya no le sirve para tal menester. Escuchar el ritmo de la música mientras los pies y las piernas se entrecruzan en cien mil piruetas, pasos, pirindolas, giros, abrazos, vueltas, contra vueltas, picaditos, saludos de rodilla, marcaditas de puntera, etc., se ha convertido en una droga de aire, una droga del alma a la que no puede ni quiere renunciar. Por eso, baila con hombres perfectos, de cabello engominado y cintura cimbreante, con profesionales y aficionados, pero solo con aquellos que la llevan de la cintura como si fuera un pájaro de mil colores.

Su pobre esposo ni siquiera se atreve ya a acercarse a ella: no sabe bailar, al menos, no como ella exige, como ella espera, como ella necesita.

El otro día, ella le empujó poniendo sus dos manos en el pecho del canoso caballero. Razonaba ante las voces de las amigas que le pedían calma. “¿Has visto cómo baila?, ¿Quién puede soportar bailar con él?”. Y ninguna se atrevió a contestar : “yo”.

Sí, cualquiera menos ella bailaría con él, torpe y pausado, compañero doliente de años de aventura que, probablemente, ya no la estará esperando cuando, tarde o temprano, sus piernas y su palmito se apaguen como la luz  de los focos de la pista de baile cuando ya no queda ni un solo bailarín con quien danzar.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s