MALOTES

Me siento atraída por ellos desde la infancia y no por pura perversión, o sí. Los malotes y malotas tienen el encanto de lo inusual, de lo prohibido, del misterio y del peligro.

No se atienen al canon de hombre o mujer medios y eso les hace brillar entre la masa pan del mundo que me rodea.

Pero además estoy convencida de que no siempre hay un malo debajo de un malote sino que, muy al contrario, su actitud es el cobijo de una protesta airada y eterna contra el mundo, de una reclamación del corazón herido que no se ha podido olvidar, de una injusticia flagrante que no importó a nadie en su día. Y tienen otra  virtud que el común de los mortales parece haber olvidado: la fidelidad.  La fidelidad a los suyos, a los que consideran suyos, lo cual es altamente gratificante en vista de que las buenas personas no suelen ser fieles a nadie salvo a sí mismos, aunque consiguen disimularlo las más de las veces.

Conozco a cientos, y no exagero, de esas bellísimas personas, incapaces de un mal gesto, sonrientes y amables, respetuosas de la ley y de las normas, cumplidoras de todas las convenciones sociales establecidas que, llegado el caso, con la misma sonrisa eterna en los labios, se aleja en cuanto ve que no puede venderte el producto estrella de su vitrina o que no estás dispuesta a dejarle entrar gratuitamente en tu territorio; igualmente se queja y se escandaliza cuando planteas alguna idea que le resulta incómoda o las cosas no siguen el curso que ellos esperan. Estas amables personas no son, ni de lejos, mejores que los malotes: solo tienen una apariencia prudente y muy buena nota en el apartado de sociabilidad. Poco más. Mucho más hipócritas que los rarunos, bastante más interesados e infinitamente más cobardes  e innobles que los que parecen ir pidiendo guerra, me producen una desconfianza colosal.

Como la inmensa mayoría de la gente pertenece al grupo de los tibios y políticamente correctos, clases medias anodinas y clónicas que siguen al pie de la letra modas culturales, políticas e internaúticas, me lanzo siempre hacia el lado oscuro de la fuerza. Corro el peligro de recibir un castigo sangriento por meterme en aguas turbulentas, pero el brazo tatuado del marinero suele ser más fuerte y vigoroso,  más radical e independiente que las hordas de borregos bien vestidos, mejor pensantes y pedantes, sonrientes e interesados  señores y señoras  que conozco.

Ya me he encargado el tatuaje. Pondrá “amor de madre”, como es natural. La pinta de mala, el rictus y la mirada las tengo compradas desde hace años. Me va a salir barato.

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