VIERNES DE DOLORES

Lo vio de lejos, de repente, como en una alucinación. Estaba más viejo, pero era él, sin duda alguna.

Y se le removieron todas las fibras de su cuerpo, todos los nervios, las venas, los músculos, las articulaciones, como si un ventarrón interno la hubiera azotado. Le faltaba el aire, el corazón latía apresurado y no sabía cómo disimular el calor de la cara que amenazaba con convertirse en un incendio público.

Hacía años que no le había vuelto a ver y cargaba su cruz desde entonces con toda la soberbia y la fuerza que podía. Sabía que había perdido una parte amplia e importante de su vida en una relación sin sentido, en un huracán que nunca fue a ninguna parte. Aquel tremendo absurdo la había consumido durante años, esperando que el camino claro que ella veía delante fuera la misma foto que su compañero viera también. Pero no fue así, nunca fue así. Cada uno remaba en una dirección y seguía una ruta diferente.  Y a pesar de que era evidente para muchos, no consiguieron nunca llegar a un acuerdo y pactar otra forma de relación o la ruptura amistosa. No. Se trataba de matar o morir. Y los dos mataron y, luego, murieron. Y eran desde entonces una especie de fantasmas de sí mismos, convencidos de que se habían equivocado en todo, viviendo desde lejos el dolor de la separación y el miedo a la reconciliación, como habían hecho miles de veces. Esa era su forma de entender el amor.

Ahora, perdidas todas las batallas, ambos sabían que lo habían perdido todo y que ya no quedaba horizonte que alcanzar.

Por eso, al verle otra vez, entre la gente, el miedo volvía a rondarla. El terror a no saber  manejar un nuevo diálogo de locos en el que ninguno  escuchaba ni se entendía. El terror a revivir mentira tras mentira, chantaje tras chantaje, amenaza tras amenaza, de nuevo la hacía sudar.  La golpeaban la pena lacerante y la conciencia de haber perdido lo mejor de él y de ella entre las espinas de la pasión.

Y Dolores se marchó. Dio la espalda a aquellos pensamientos y se marchó. Cargaba con la cruz de los recuerdos y de la soledad desde hacía años. Había pagado su lugar en la procesión del silencio.

 

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