MARÍA

Conozco a alguien que tiene un primo cuya vecina tuvo una hermosa historia de amor.

Hace muchos años, unos quince, y son muchos para una vida humana, la vecina del primo dio un giro tan brusco a su vida que prefirió ocultarlo a la mayoría de sus conocidos. El amor, de manera inesperada y por caminos paralelos a los de las mentes bien pensantes, la asaltó en un viaje de placer, un viaje aconsejado por amigos para arrancarse una espina del corazón. ¡Y vaya si se la arrancó! Conoció a alguien, alguien que no formaba parte de las expectativas, alguien diferente, bastante mayor que ella, de personalidad  inaudita.  Pero no se lo pensó: jamás había sentido tanta alegría, tanta confianza, tanto apoyo, tanto placer al lado de nadie.

Cogió los toros por los cuernos, miles de toros, se puso el mundo por montera, se echó al monte y se fueron a vivir juntas. Pasaron los años y se casaron. Y ella entendió que lo que era suyo era de su compañera y le regaló parte de sus propiedades, y compartió todo lo que tenía con ella. Y los pocos que estábamos en el fondo de la cuestión, sonreíamos encantados de ver que al fin había conseguido ser feliz.

Al cabo de los años, unos quince como he dicho, alguien se encontró a la vecina por la calle y le extrañó ver el rictus de tristeza que había en su cara y la mirada apagada de sus ojos de mirlo. Ella sonreía, como siempre, ocultando los detalles de sus penas, pero alguien se dio cuenta de que algo grave le pasaba. Después, le oyó en una tienda del barrio pedir cajas de cartón.

Está de mudanza. De mudanza entera, completa, terrible y dolorosa. Se ha ido a vivir de prestado a la casa de otros primos porque la suya, la que compró, compartió y regaló en parte a quien amaba y a quien creía su amor, está en manos del mismo y del juez que, a instancias del renombrado amor, le ha encajado en la parte superior izquierda del costado del alma una orden de alejamiento, quizá con razón o sin ella. Y ella ha tenido que abandonar  sus propiedades, su casa, su pareja y su vida.

Cuenta el primo de ese alguien que se murmura que una mañana, después de quince años, la vecina, al mirar el rostro de quien dormía a su lado, no la reconoció. Aquello era un monstruo cargado con un maletín de cuentas y reclamaciones, alguien que exigía su parte de un botín que nunca contribuyó a formar, y planteaba con toda crueldad que el amor se había ido por la ventana y ya no quería compartir su vida ni su cama con la pobre vecina.

Podría decirle muchas cosas a la vecina si me lee: “no creas eso de la mancha de la mora: es garantía de error fatal”, “no regales nada a nadie, ni siquiera a quien más ames, porque te lo acabará quitando, por las buenas o por las malas”, “no te fíes jamás de los amores a primera vista: los seres maravillosos son solo encantadores de serpientes”, etc., etc., etc. Pero también podría decirle que tuvo la suerte de sentir el amor a lo bestia, y eso no deja de ser un privilegio que solo unos pocos pueden disfrutar y comprender.

Todavía lleva el coche lleno de cajas de leche y de galletas vacías. Debería tirarlas de una vez: no creo que puedan servirle para nada más.

 

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