PM

Me han contado que la policía municipal de Madrid maneja una circular interna muy interesante  que promueve la detección de borrachos y delincuentes entre la gente de cierta edad. No entiendo la utilidad de dicha consigna, pero  he podido comprobar que es cierta en varias ocasiones y algunos de mis amigos también, con un matiz curioso: prefieren a las mujeres de mediana edad que conducen solas por Madrid después de las doce de la noche, incluso si el coche es muy respetable y llevan al cuello un collar de perlas. En eso son absolutamente democráticos.

Lo cierto es que me han contado ya varias señoras respetabilísimas que, volviendo a casa de gastar su dinero, o su pensión, en actividades culturales de distinta índole, la policía municipal de Madrid las ha detenido, inspeccionado, interrogado,  multado en todos los casos por una u otra razón y obligado a pasar la prueba de alcoholemia. Luego, cuando las señoras manifestaban su asombro por la elección, contestaban los miembros, sin mover el bigote: “Se trata de un control aleatorio”.

Yo acabo de sufrir uno de ellos y todavía estoy asombrada. Noche de fiesta deportiva en Madrid. Cientos de coches haciendo el cafre, tocando el claxon sin parar, con banderas por las ventanillas y a toda velocidad por calles y avenidas. Escondidos tras el semáforo de una rotonda, la PM elige, entre el aluvión de coches, gritos y adelantamientos por donde me da la gana, mi coche como el más peligroso de la riada que avanza tras encenderse la lucecita verde. Me hacen estacionar a la derecha y me preguntan, piden y observan alternativamente tres policías municipales de mediana edad. Cada uno se dedica a un interrogatorio diferente, cada uno agarra un trozo de mi coche y de mí y hace sangre hasta donde puede. El último remata la jugada haciéndome chupar, con sonrisa de triunfo, la boquilla  del cacharro  del alcohol.

A mis espaldas, cientos de coches pequeños y rápidos derrapan, se saltan los semáforos y tocan el claxon como posesos, un taxista hace la trece catorce dos calles más abajo, sin pudor alguno, y un africano vende pañuelos de papel en el costado derecho de mi vehículo, mientras me mira con cara de estupor. Hay grupos de chavales tirados en la calzada, borrachos y esperando entrar en una discoteca mientras los coches les pitan y les pasan rozando: ellos se ríen y se empujan muy divertidos.

Le pregunto al PM, impertérrito ante el espectáculo que nos rodea, y me contesta que es “un control aleatorio”. Puta Manera de M… de ganarse la vida la de la PM de Madrid.

 

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