ESAS MUJERES

Aleteaban sin levantar pie del suelo: ni los años ni los kilos lo hubieran permitido, pero movían las alas, se recomponían, se atusaban, todas limpias y preparadas para una nueva batalla.

Entre ellas, ni un solo gallo. No había allí lugar para cantar al día a pulmón libre. No se trataba de cantar, sino de callar y de mirar. Se miraban y se hablaban con los ojos, con las sonrisas tenues, cómplices. De sus labios solo salían anécdotas sin importancia para pasar el rato. Todas lo sabían y jugaban a ese mismo juego: cotilleos, la hora que es, hoy va a hacer calor, el programa de la tele de anoche, no podíamos aparcar y mi marido se ha quedado en el coche, banalidades.

Todas pensaban, en el fondo, cómo pasar el trago amargo y doloroso que estaban compartiendo con sus compañeras. Todas tenían miedo y precaución, unas por novatas, otras por demasiado veteranas, pero ninguna dejaba que el eyer liner acusara los golpes.

Entraban y salían en un ritual que conocían sin que nadie las hubiera informado. La lucecita roja, el cubículo, el pase la siguiente, el adiós hasta luego, era la contraseña para que cada una, en su papel, se sentara o se levantara, corriera un paso o saliera para perderse en la calle hasta la próxima vez.

Dentro, otra mujer, siempre una mujer, apretaría hasta el dolor, rápida, eficientemente, con precisión absoluta. Todo acababa en seguida. No había problema. El tiempo desvelaría el secreto y el secreto, ahora a voces, haría trizas de sus miradas, de las miradas de algunas, filtradas por un velo de esperanza y de temor.

Se abanicaban. Empezaba a hacer calor. El sobre que muchas llevaban en la mano, todos iguales, con el mismo logotipo y formato, era demasiado grande para usarlo de abanico. Era demasiado doloroso para levantarlo en alto, demasiado amenazador.

A pesar de todo, se miraban entre sí, se entendían, se hablaban sin decir nada. Iban a seguir intentándolo, por mucho que la curva de sus pechos no pudiera soportarlo más. La vida no era para ellas un reto donde había que ganar como fuera. El hecho de seguir vivas y de seguir dando vida, en silencio, doloridas y asustadas, era su eterna victoria.

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