AMOR Y DOPAMINA

Nos enamoramos y la cagamos. Nos volvemos tontos de baba, ciegos de la ONCE, torpes de narices.

No vemos, o si vemos nos negamos a gestionar las imágenes que se nos tiran a la cara como arañas gigantes. Las espantamos a manotazos: no queremos ver ni saber, no podemos. La química nubla nuestra percepción y nuestra voluntad, nos somete y nos esclaviza, convirtiéndonos en payasos, en imitaciones patéticas de nosotros mismos.

Pero los demás, no sometidos a ese proceso racional degenerativo, ven perfectamente y algunos se empeñan en arrancar el velo de estupidez que tapa nuestra visión: suele ser inútil. Arremetemos contra él con la intención de matarlo, de matar al mensajero que pretende descubrir lo que no queremos ni podemos.

He visto hace poco cómo alguien, encantador y amable, gentil, delicado, educado y cariñoso, veía impertérrito cómo su pareja  caía al suelo estilo fardo, enseñando las bragas a todos los presentes y dándose un golpe de no te menees. Los demás acudimos en su ayuda, pero él, no. Él sonreía afablemente sin moverse un ápice del sitio. Estaba claro que el caballero en cuestión transmitía en clave gestual que ella no significaba gran cosa para él, que lo suyo es una relación anecdótica y, de esa manera tan sutil, enviaba un mensaje al resto: mujeres del mundo, ando con esta, pero soy libre y estoy dispuesto a dejarme acompañar por cualquier otra, en las mismas condiciones. Todos lo comprendimos y cuando tratamos de comentárselo a la mujer de las bragas descubiertas, ella nos contestó con una sonrisa triste que eran imaginaciones nuestras. A ella no le parece sospechoso que su pareja, el hombre que la quiere más que a nada en el mundo y que comparte su vida, no sufra por verla caer y golpearse delante de todos, no corra en su ayuda sin pararse a pensar en nada más que en evitar su mal. A ella no le parece nada de esto. Y es que está abducida, enamorada.

Pero al hilo de esta historia, he recordado otras, tan tristes o más. He recordado cómo algunas, y quizá haya alguno también, han sido capaces de poner en peligro a sus propios hijos y su relación, de perder la dignidad que tanto les importaba, de exponerse a ser objeto de las críticas de tirios y troyanos, de arruinarse y renunciar a sus propios intereses y deseos, de meter en su casa un topo asesino sin pensar en las consecuencias, de soportar desprecios, mentiras y humillaciones… Todo, absolutamente todo, por el maldito amor.

Ya sé que no todos los casos y las cosas son como las que cuento, pero a las que ya han pasado por esto y ahora ven, recuperada la vista y con inmensa pena, la inutilidad de todos sus esfuerzos, el abuso, la mentira, la utilización a que fueron sometidas por quien no las amaba y a quien ellas amaban con ceguera, advierto: no volvamos a caer en el error. Atentas a los corderos con ojos de besugo, voz de terciopelo y colmillos enfundados. Son malos, malos y peligrosos. No os quieren, se dejan querer, sin poner lo más mínimo de su parte. Huelen de lejos a las adictas a la dopamina y las estimulan con su perfil ensayado. Supongo que día llegará en que podrá contrarrestarse esta especie de enfermedad con el fármaco apropiado y los bobos y bobas de baba podrán tomar algo que les cure, o al menos, palíe lo terrible de su enfermedad.

Mientras tanto, si hay algún caballero entre los presentes a quien alguna loba disfrazada también lo haya utilizado usando la dopamina, que lo diga, pero ellos suelen tener mejor olfato y más intuición para estas cosas. Será para lo único.

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