MIS EX

Hablo con unos y con otras. Hablamos de todo, pero muy especialmente del otro sexo, del sexo que nos falta, del sexo de la parte de la vida que se quedó vacía en un momento determinado. Y cada uno rellena el hueco del bartolillo, de la bayonesa o del profiterol como puede, dependiendo de los principios éticos, las oportunidades y el carácter de unos y otros: crema, nata o chocolate.

Pero hay un tema que nunca falta: la relación con los ex. Extraña y anodina, muchas veces adquiere los perfiles de una relación enfermiza, insana o poco natural.

Hay dos grandes grupos: el de los que se relacionan con sus ex, de la manera que sea, y el de los que no pueden mantener ningún tipo de relación con ellos. Me queda claro que todos, fuera la relación como fuera, sienten a los ex como partes aún integrantes de su vida, ingredientes y condicionantes de ella de los que no pueden prescindir, responsables en parte de lo que son ahora y de lo que ahora hacen. No conozco a nadie que tras años de relación haya olvidado por completo a su ex, no comprenda ahora virtudes y defectos que en su momento ni vio ni entendió y no reconozca su influencia vital o su recuerdo.

Unos cuantos, aquellos que pactaron la ruptura o aceptaron que aquello se había terminado, siguen siendo amigos, amigos raros, extraños amigos, pero se ayudan y se llaman, saben el uno del otro y se siguen la pista, sobre todo, si hay hijos de por medio. El grupo más numeroso, y no he elaborado estadística alguna, es el de los que no se relacionan de ninguna manera. En este caso, es el hombre el que se mantiene perpetuamente ajeno, soberbio y alejado de la mujer, como si la ofensa solo hubiera partido de ella y no pudiera aceptar que existen los dos, que se quisieron antes y que todo se acabó.

Hay un tercer grupo, el más extraño. Son aquellos que se mantienen anclados a su ex pareja, y no van ni vienen. Ni son capaces de olvidar ni de emprender una nueva vida, ni son capaces de retomar la relación con otras condiciones y de otra manera ni son capaces de sentir a sus parejas como amigos. Es como si se hubieran quedado en tiempo muerto eternamente. Como si el partido se hubiera detenido y ya no pudieran seguir jugando.

Uno de esos ex me decía el otro día que espera que la suya, su ex, le cuide cuando sea viejo. Pero me pregunto yo, asustada, por qué razón un hombre que se separó y tiene miles de amiguitas y amigas, no quiere ni espera que una de ellas sea su compañera tarde o temprano y pretende, en cambio,  que su ex mujer sea la encargada de cuidar de él cuando deje de estar con otras. Por qué supone que ella está esperando que él pase la cuarta juventud para cuidar de sus miserias como si fueran un regalo de Navidad que la pobre lleva años esperando con los brazos abiertos.

Los ex no tienen demasiado sentido común. La mayoría no son más que fotografías de los fracasos del alma y de la intimidad, de la constatación de una entrega que cayó en el vacío, de la inutilidad de nuestro interés y nuestro compromiso. De una herida que dejó tal cicatriz que no llegará a borrarse en ningún caso. La forma de maquillarla depende de las cualidades y habilidades de cada cual. Y de su capacidad para mirarse al espejo y reconocerse en él, para asumir sus propios errores y para entender y querer, por fin, a quien tuvieron al lado y no supieron valorar. Mi amigo, el del regalo de Navidad a la vejez, no conoció a su esposa cuando vivía con ella y por lo que veo, sigue sin conocerla. Veremos qué ocurre cuando llegue la hora y se encuentre con que su ex es la parienta de un señor más joven que él que la cuida con el esmero con el que él nunca la cuidó. Se niega a reservar plaza en una buena residencia. Peor para él.

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